Gracias a ti recuperé a mi padre

(Testimonio poético — 2025)

Una niña inquieta, con sueños grandes,
soñaba con volar tan alto que nadie pudiera alcanzarla.
Encontró refugio en soñar despierta:
música, libros, películas y vida.

Sedienta de la misma,
cruzó fronteras de grande
y desafió los ideales familiares
en busca de respuestas,
paz
y libertad.

¡Oh, mi mexicana!
Ojos negros como la noche,
cabellos rojizos como el sol,
ondulados como las olas.
¡Agua tenías que ser!
Intentaron domesticarte
y fallaron.

—Sé una niña buena,
sé una dama,
sé respetable —ellos dijeron—.
¿Pero en qué contexto?
Todo tiene un precio.

Hombres venían y ofrecían el cielo.

Caíste con farsantes.
Fallaste como adulta.
Amabas con las entrañas,
sin frenos ni tregua,
como quien se lanza al abismo
y llama hogar al viento.

Y entonces el príncipe llegó.
Tenía un precio.
—¿Qué tan alto?
—Alto —dijo,
como un soplido de agua salada detrás de tu oreja.
—¿No se suponía que yo era el premio?
—Lo eres. Solo que aún no te das cuenta.

—Obedecerás todo lo que diga y podrás tenerme.
Te recompensaré con reino alquilado,
a cambio de habitar mis sombras…

Silbabas mi nombre como hechizo,
y te seguía sin chistar.
Caminando a tu lado, comencé a pesar.
Me convertí en sombra.
No fue compañerismo.
Fue traumatismo.

Esclava de tus deseos sádicos en la cama,
tu forma de domarme,
porque mi altivez te incomodaba.
Ojos al suelo,
asentir ante tus órdenes pasivo-agresivas.
Querías una sumisa,
porque eso te hacía sentir hombre.
Ego frágil y autoestima en ruinas:
el cóctel infalible de hombres rotos
y mujeres que dudan de sí mismas,
mezclado como tu postre infame de rituales cotidianos:
un par de líneas blancas a las siete de la mañana,
gin & tonics como plegarias los fines de semana.

Intentaste comprar mi cariño
con tu falta de identidad.
Eso dolía.
La conexión no se fuerza, amor.
Dijiste que éramos imanes…
hasta que me arranqué de ti.
Cómo se sangra sin herida,
con dolor, valentía y fuerza.

—¡Oh, tristeza! ¿Me extrañaste? —dijiste.
—¡Nunca!
Negué con la cabeza.
Eso ya no me representaba.
Lo odiaba.

Llegaste envuelto de ternura prestada,
vestido de caricias robadas.
Tu voz era almíbar,
pero goteabas veneno entre frases dulces.
Cada palabra: un anzuelo envuelto en miel.

¿Cómo no me di cuenta?

Me tuviste hasta que el amor se vistió de rojo
y terminó con flores marchitas en el florero de la cocina.
Te amé como quien corre hacia el fuego,
te odié cuando el tiempo se disfrazaba de fiesta
y tu nombre ardía en cada vela encendida.

Lloré veintiocho días
y cincuenta y siete noches,
con la precisión de un reloj sin cuerda,
pero eran gritos mudos los que llamaban
cuando la noche era dueña de todo:
con la cama fría,
el día aún más vacío.

Mi mente era un eco,
como rama que cruje bajo la nieve de invierno:
¿No te fuiste tú primero?
Entonces, ¿por qué sentía penitencia en vez de alivio?

Hasta que, a kilómetros de distancia,
con mi padre conecté.
Él no entendía por qué lo culpaba.

¡Yo creí que te había superado!
¡Creí que te había perdonado!
¡Creí que estaba lista!

Pero me mentí.
Y él lo supo.

Miré al suelo.
Quiso tocar la pantalla.
Quiso abrazar a su niña.
—¡Las niñas grandes no lloran! —dijo.
¡Compórtate como la guerrera que eres!
¿No me gritaste justicia a los trece?
¿No me perdonaste?

Arrodillada,
confundida,
herida,
le pedí que me liberara.
Y accedió.
Un beso a la distancia.
Un: “Perdóname, hija.
Tú siempre serás amada.”
—Regresa a casa
para aliviar tu pena con mi calma.—

Una última lágrima.
Alcé mi mirada.
Peiné mis rizos.
Me puse labial rojo.
Y, a tu petición arrogante,
borré tu nombre de mi cuerpo,
aunque no de mi alma.

Y yo…
yo me reconstruí,
con pedazos que un forense llamaría
fragmentos irreconocibles.

No porque te perdonara,
sino porque aprendí a ser mi hogar.
Porque me encontré entre los restos.
Me cocí con hilos de lava
y, para tu penitencia,
mi silencio.

Recuperé la parte que mi niña anhelaba:
no un hombre mítico,
sino el que tejía cobijo con sus brazos
cuando el mundo era miedo.

El que cambió tardes de sol por jornadas infinitas,
sueños por cena caliente,
y que, sin corona ni capa,
me ofrecía el reino de la calma.

No traía diamantes,
sino consuelo,
y el gesto exacto que espanta a los monstruos
lejos de casa.

Sé que comparar a un tirano con un caballero
es una ofensa,
cuando eras Barba Azul disfrazado de promesa,
con las llaves de mi cuerpo colgando de tu cinturón,
que tú mismo proclamaste como grandeza.

Y me pregunté qué pensaría mi padre,
él que me enseñó a correr libre,
él que callaba su dolor para sostener el mío.

Extrañaba las manos que jamás cuestionaron atraparme
cuando mi larga cabellera se lanzaba hacia la nada,
las de un hombre que callaba sus batallas
para no herir las mías.

Tú gritabas amor mientras me hundías,
él callaba su dolor para sostener el mío.

Tú pedías rendición,
él me enseñó a resistir.

Tú buscabas una reina para someter,
él abrazaba a su niña sin pedirle corona.

Contigo fui espejo roto.
Con él, semilla que volvió a crecer.

No te culpo.
El papel de héroe te calzaba
como la zapatilla de cristal
a la hermanastra torpe de cualquier cuento.

Y entre un laberinto de girasoles muertos,
que yo misma cosechaba,
envuelta de caos emocional,
gracias a ti,
recuperé a mi padre.
Del todo y la nada.

Fotografía por glsƒngrs