Regreso a las estrellas

2 junio, 2018

Aún estaba en la cama cuando vi la primer noticia de su muerte. Jamás me imaginé que esa mañana del 11 de enero del 2016, Facebook me despertaría con lo que para mi fue una terrible noticia “Muere David Bowie a los 69 años”. Rápida y esperanzadoramente me puse a investigar por todos lados si esto había sido una más de sus extrañezas mediáticas, pero no. Su cuenta oficial de Twitter decía; “David Bowie ha muerto en paz rodeado de su familia, después de una valiente lucha de 18 meses contra el cáncer.”

Me dolió el estómago. Enseguida mandé la noticia a mi papá diciéndole “se murió, ahora jamás podremos verlo”.

Cuando era niña, tenía una obsesión por las portadas de los discos de rock que mi papá durante su juventud, comenzó a coleccionar. En ocasiones él me los mostraba y yo revisaba los cuadernillos dentro, en busca de todas esas cosas que me parecían estupendamente extrañas. Sin restricción alguna, yo merodeaba. En alguna ocasión encontré por ahí la ilustración de la portada de un disco llamado Diamond Dogs donde un extrañísimo y flaco personaje, mitad hombre (o eso parecía), mitad perro, con pelos y labios rojos, estaba echado en el piso, al lado de dos mujeres un tanto grotescas. En la parte superior izquierda de la portada decía Bowie. Durante años observé esa imagen y no entendía si esa cosa era hombre o mujer. Cuando tuve razonamiento suficiente, descubrí que no solo era un hombre, sino que era el intérprete de algunas de las canciones que se escuchaban en los viajes familiares o que me despertaban a todo volumen los sábados por la mañana. Un hombre que, efectivamente era flaquísimo, utilizaba botas de plataformas enormes, ropa ajustada, pelucas y maquillaje brillante, pero sobretodo, un hombre que tenía un ojo azul y otro verde. Pensé que era lo más cool que había visto en mi vida.

La extensión en estas palabras para hablar de un personaje indestructible que le dio a este mundo un regalo tan grande como el de su música, es injusta. Y es que él es muchas cosas a la vez. Londinense miembro de varias bandas, mimo, lector, rockero, popero (pero con clase). Un artista obsesionado con las estrellas, el espacio y el tiempo. Primer gran ilusionista de la música. Estrella de rock jamás antes vista que cambiaba su imagen y su sonido una y otra vez en el escenario, mucho antes de que pudiéramos asimilarlo. Un niño rebelde y peleonero de voz peculiar que vivió la transformación de un Londres bombardeado en la Segunda Guerra Mundial, convirtiéndose en una de las ciudades financieras más importantes del mundo. Un joven que creía en la rebelión y la liberación sexual. Uno de los intérpretes más geniales de todos los tiempos que nos dejó un legado musical inigualable, visionario del arte en todos sus contextos durante casi cincuenta años.

En el 2004 sufrió un infarto que lo desapareció por casi una década. Después luchó contra un cáncer de hígado, lo cual fue secreto para el mundo entero y lanzó su vigésimo quinto disco Blackstar tres días antes de morir. Él era uno de los últimos ídolos y utilizó su muerte también como una más de sus transformaciones y siguió creando, como pocos lo han hecho.

Alguna vez recuerdo haberle preguntado a mi papá por qué David Bowie tenía un ojo azul y otro verde. No recuerdo si me dijo una mentira o qué. No sé si mi papá en ese entonces sabía que David Robert Jones nunca tuvo los ojos de distinto color. Sí, uno era azul, pero el otro era una pupila dilatada, gracias a un puñetazo que uno de sus amigos le pegó a los 15 años por culpa de una muchachilla a la que ambos pretendían. Yo solo recuerdo ver las fotografías de ese humano extraordinario, para nada realista y pensaba en lo raros y maravillosos que él y su música eran.

A dos años de su muerte, me quedo con ese David que quiere ser un astronauta. Escucho Space Oddity y creo que él es el valiente Major Tom. Un Bowie que se fue sin miedo de este mundo y que nos sigue tocando la guitarra y cantándonos desde el espacio, entre las estrellas, donde siempre perteneció.

Fotografía: Clothilde Pasquier