¿Quién se comió mis galletas?

Me despierto y me desespero de mi existencia y de mi propia banalidad. Pienso. ¿Qué sentirá una de esas bolsitas de galletas que se ha quedado sin ellas, cuando alguien hurga hasta el fondo y decepcionado saca rápido la mano como si estuviera a punto de caer en una trampa de roedor cualquiera? ¿En qué rayos pensaba Kafka cuando se imaginó así mismo como una cucaracha? Yo pienso en galletas, ¡Mentira!, en la ausencia de ellas y Kafka piensa en cucarachas, ¡Mentira!, pensaba en el sentimiento de ser irremediablemente inadapatado.

Lo anterior es tan elevado que ahora que lo pienso me siento mal por pensar en las galletas, pero me siento bien por pensar en esa pobre bolsita brillosa y excitante desamparada en el mundo. Creo que solo le queda el mar o la soledad de toneladas de tierra encima de ella y una aburrida y larga desintegración. Para no quedarme atrás con Kafka, quisiera pensar que estoy atascado, como esa bolsita con capas y capas de tierra encima o en un mundo paralelo pero también posible, me veo flotando en el mar, donde en menos de 50 años habrá más plástico que peces. Soy un banal y aquí me quedo, en la cama debajo de la tierra y flotando en el mar por siempre.

He dicho.

Fotografía: Mauricio Soto A.

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