Un día de estos días,
no sé cómo ni cuándo,
habré de quemar las naves
entre mi mundo y tu mundo.
No será mi deseo
conquistar imperios milenarios,
ni impedir una cobarde retirada,
ni adentrarme en tierras desconocidas,
tan solo renunciar a la ilusión hiriente
de quien cree que puede volver
al mismo lugar del que ha partido.
Después de un café bien amargo,
o de leer tu nombre en una novela,
aceptaré que mi anhelo es en vano.
Iré por un par de cerillos,
pero prenderé tan solo uno de ellos,
observaré su débil llamarada,
y lo arrojaré sobre nuestros barcos.
Entonces soñaré con que empieza a llover,
pensaré en el milagro del océano
y me lamentaré de no tener una cubeta.
La contemplación será la única alternativa.
La débil llamarada se abrirá paso
sobre las maderas que juntos sujetamos
y se convertirá en un incendio implacable.
Arderán
las miradas,
las caricias,
las promesas,
y los sueños.
No caerá una sola gota del cielo.
Fotografía por Edgar Rocha

