Ojala tener una

1 julio, 2018

Ojalá nunca nadie sienta la oscuridad que siento cuando cierro los ojos e intento verme.
Ojalá nunca nadie tenga estas grietas,
y si las tiene,
ojalá tenga tiritas o personas de sobra para recordarle y hacerle ver que se sigue dando luz estando roto.

No digo que este sea mi caso.
Pero para qué mentir, a veces así lo siento.
Mire donde mire, en cualquier momento.
Solo veo mi precipicio.
Y a mí, siendo demasiado amante del mismo.
Cicatrices que se reabren.
Y vuelven a sangrar.
A doler,
y a quemar.

Es como una curación falsa.
Insana.
Porque siempre vuelven -conmigo- al mismo punto de partida.
Convirtiendo en inútil la salida.
Ojalá tener una.
Ojalá tener una salida de emergencia cada vez que mi parte muerta emerge.
Ojalá ser salvavidas para mí,
de la misma manera que soy aliento y sonrisa para los demás.

Es como el tópico: persona se siente mal consigo misma, y todo ve y está mal con ella.
Pero, en los demás ve girasoles y cosas fantásticas.
Lo peor de todo es que no quiero que nadie vea girasoles en mí.
No quiero que nadie vea ningún sol.
Quiero verlo yo.

Quiero ser yo la que aprecie el cambio a luna creciente solitaria.
A marea en calma y al mismo tiempo, brava.
Quiero ser yo, la que se mire,
se reconozca y no se lamente por el desastre que es.
Y todo lo que está arremetiendo.
Todo lo que está perdiendo.

Siento las manos vacías,
las venas vacías.
La cabeza colmada de ideas caóticas.
Siento la vida, vacía.

Lucho, lucho.
Lucho.
Pero me estoy quedando sin fuerzas.
Respiro y respiro.
Pero tengo los pulmones demasiado podridos y no logro coger aire.
Escucho, pero el ruido de dentro me ensordece,
y no consigo callar a los lobos
y liderar manteniendo la calma.
Río río y río.
Pensando en la idea de que solo quiero ahogarme,
y nacer -o no- en alguien de verdad vivo.
No en el espejismo de alguien que es luz,
cuando en realidad es abismo.

Fotografía: Mattéo Mecheko