No voy a decir mucho esta noche.

No voy a decir:

—Esto… —voy a señalarnos—: este deseo palpable entre nosotros es la fuente de la creación.

No voy a mencionar:

—El deseo es una traducción del amor y viceversa —voy a morder tu hombro—. No existen el uno sin el otro.

No voy a hablar sobre cómo…

—Sigo buscando entre los pliegues de mi cerebro —voy a lamer tu cuello y te vas a reír porque te hizo cosquillas— algo que no existe más que dentro de tu piel.

No voy a confesar:

—Deseo más que tu tacto o tu presencia —voy a darte un beso—, deseo las palabras que salen de tu boca cuando estamos tú y yo, deseo tus instrucciones —voy a acariciar tus dientes con mi lengua—. Quiero dejarme en tus manos, quiero que te hagas cargo de cada partícula mía y que aprendas todo lo que hay más allá del límite de mi fisonomía.

No voy a explicarte:

—No sé desear sin amar porque no sé calmar la marea —voy a abrazarte con todo mi cuerpo, mis brazos alrededor de tu cuello, mis piernas en tu cintura—; esa que surge de mis pulmones al tratar de nadar hacia tus manos una vez más —voy a indagar en el fondo de tu garganta, a saborear tu respiración entrecortada.

Y no voy a decir que mi corazón solo entiende de devoción.

Voy a subirme encima de ti.

Voy a dejarme consumir.

—Una promesa sagrada, la entrega total voluntaria.

Fotografía por Zhao Rong Tan