¿Cómo nació este local y qué lo hizo diferente desde el principio?
Monarch Haus no fue concebida como “otra cafetería más”, sino que fue pensada como el deseo de insertar un nuevo paraje dentro de esta gran ciudad. Que dentro de su complejísima narrativa, pudiera verse con claridad un espacio destinado a las experiencias inolvidables y el lujo. 

Antes de trazar los planos de la barra o elegir la madera, nos dedicamos a imaginar expresiones humanas en nuestra mente: todos aquellos gestos que queríamos evocar y trasladar al concepto de una experiencia Monarch. Nos preocupamos por todos esos detalles pequeños e incluso fuimos obsesivos: la temperatura del aire, la calidez de la luz, el volumen y el tipo de la música. Cada elemento fue pensado para despojar de las tensiones naturales de la rutina a nuestros visitantes apenas entraran. En pocas palabras, diseñamos la hospitalidad como quien escribe una obra de teatro.

Detrás de ese escenario cálido y lleno de vida, existen otros componentes que laten todos los días para que Monarch Haus viva con el vigor de siempre. Contamos con un laboratorio (Monarch Coffee Campus) que funciona con la precisión de miles de relojes: un lab donde cuidamos la molienda y el agua con el rigor de un microscopio. Nuestra identidad es esa contradicción: la emoción más libre conviviendo con la técnica más severa. 

Si observan nuestra corona en el logo, verán que no es un símbolo de autoridad monárquica, sino tres rostros sonrientes que convergen en un punto. Para nosotros, el lujo no es el mármol caro, es el valor imbatible de que dos extraños coincidan en un espacio y se sientan, por fin, a salvo.

¿Qué parte del día, del espacio o del proceso creativo disfrutan más quienes trabajan aquí?
Hay algo de vértigo y belleza en la hora pico. En ese momento dejamos de ser baristas para convertirnos en una banda de jazz improvisado. El lenguaje sobra: todo se resuelve con la mirada y el ritmo. Mientras uno extrae el alma del café, otro calibra la seda de la leche; cubrimos los huecos del otro con un ensamble instintivo. Hay un chispazo de dopamina cuando, en mitad del caos, logramos que la extracción sea perfecta. 

Pero el verdadero clímax ocurre después, cuando vemos a ese ejecutivo soltarse el nudo de la corbata frente a su taza, o a una madre e hija compartiendo un Dalgona Latte con una calma que parece un rayo de luz potentísimo en medio del clima más cambiante. Ver cómo la ciudad se “relaja” gracias a nuestro café, es nuestra verdadera recompensa.

Si alguien entra por primera vez, ¿qué es lo que no debería perderse?
Si buscan una postal visual, les recetamos los amaneceres de los que nuestra terraza es fiel testigo, entre las ocho y las doce de la mañana. La luz aquí es distinta: tiene el cariz distintivo de la vieja Europa pero con la energía apacible y eléctrica de la Ciudad de México. Es un sol más generoso que el de Londres y una fauna urbana más contrastante que la de Los Ángeles.

Nuestro consejo: no intenten analizar el café. Solo siéntense y miren cómo la luz se rompe entre las hojas de los árboles, y cómo la gente ensaya su propia felicidad sobre un pan recién horneado. Esa paz de tres minutos es, probablemente, el artículo más caro y escaso de nuestro menú.

¿Cuál ha sido un desafío interesante que los haya hecho replantearse algo sobre el proyecto?
Nuestra gran tentación —y nuestro enemigo más silencioso— fue el susurro incesante de la capital y sus exigencias de manual: “más rápido, más sucursales”. Cuando empezaron a llegar oleadas de gente desde Querétaro, Monterrey, Puebla y algunos países fuera de latinoamérica, en lugar de acelerar, decidimos detenernos y profundizar.

El equipo lo tuvo claro: si lo hacemos a granel, el dinero sube pero el espíritu Monarch se evapora. No podíamos traicionar los diecinueve meses que pasamos afinando el tueste y la panadería de precisión. Así que, en vez de abrir locales como quien imprime volantes, nos dedicamos a crear un sistema que permitiera replicar nuestra mística. Para nosotros, el “nuevo lujo” no es la velocidad, sino la capacidad de repetir la excelencia bajo cualquier circunstancia

¿Qué influencia, idea o referencia sigue guiando lo que hacen hoy?
Más que una marca, nos guía una frase que es nuestro norte magnético: “La calidez es el valor por defecto; la precisión es la constante”. Nos identificamos con la estética que proviene del tacto vibrante de ERRR Magazine, pero nos cuidamos de no caer en la frialdad del hype. Queremos que la sonrisa sea humana y el café sea ciencia. Ese motor contradictorio —tecnología fría por su precisión y humanismo cálido— es lo que nos mantiene en marcha.

¿Qué lugar, proyecto o persona los ha inspirado últimamente y por qué?
Quizás suene a excentricidad tecnológica, pero me inspira la filosofía de Samsung. Tienen la capacidad de manejar semiconductores de otro planeta, pero su fin último es la comodidad doméstica. Su máxima es: “Que la tecnología sea invisible para que la experiencia sea cálida”.

No nos inspiran los genios solitarios, sino los equipos que protegen el detalle cotidiano con terquedad. En una ciudad que muchas veces está cansada de navegar en un mar de apariencias, el verdadero lujo es la constancia. Esa constancia que nos mantiene en la misma línea, la de mantener el rigor de un laboratorio pero entregarlo con la ligereza de un descanso. Actitud fría, esfuerzo ardiente.

Si su espacio pudiera invitar a alguien a colaborar por un día, ¿quién sería y qué harían juntos?
Sin duda, a BTS. No por el fenómeno pop, sino porque son los autores de una retórica del crecimiento. En una era de éxitos plastificados por ciertos ritmos de producción, que también nos han susurrado a nosotros, ellos empezaron desde el cero absoluto y construyeron una comunidad basada en la honestidad: “Cuenta tu historia, tú también puedes”. 

Monarch Haus también nació de un vacío, confiando solo en nuestro gusto y en los primeros clientes que creyeron en nuestro discurso. Si vinieran, no haríamos un evento masivo, invitaríamos a jóvenes creadores mexicanos a tomar un café y a entender que el esfuerzo por ser mejor cada día no traiciona. Serviríamos un café con sabor a coraje. 

¿Hay algún objeto, rincón o detalle del lugar que tenga una historia que pocos conocen?
Fíjense en los frascos de fragancias que están en la barra. No son adornos, son máquinas de teletransportación. Dentro de esos cristales está atrapado el aroma de las tierras de Chiapas, Colombia o Yemen, tal como salen del tostador cada mañana.

Antes de beber, hay que cerrar los ojos y respirar ahí durante tres segundos. Es el tiempo suficiente para abandonar el claxon de la calle y viajar a la montaña cubierta por esa neblina densa que vigiló con amor la tierra donde creció ese grano. Es la fuga más corta y radical que se pueden permitir en su rutina.

Si este proyecto fuera una ciudad, un libro o un disco, ¿cuál sería y por qué?
Sería el White Album de The Beatles, específicamente la canción “Blackbird”. El café de Monarch se parece a esa melodía: no necesita pirotecnia electrónica ni grandes arreglos, solo una guitarra, una voz y la capacidad de conmover: “Take these broken wings and learn to fly”. Queremos que, cuando alguien cruce nuestra puerta cansado de la ciudad, este espacio le permita descansar las alas y recuperar esa serenidad necesaria para volver a volar. Esa es la música que intentamos tocar cada día.

“No vendemos café. Diseñamos una ‘arquitectura de la sonrisa’, ese breve milagro que florece en medio del ruido blanco de la ciudad”.

Respuestas por Pablo Jung, CEO y fundador de Monarch Haus.