¿En qué piezas o proyectos has estado trabajando últimamente?
Tengo una profunda pasión y una curiosidad constante por la fotografía análoga. Hay algo en ella que me conecta con lo esencial, la materia viva del film, siempre en diálogo con la luz, el tiempo y el entorno. Cada imagen se vuelve un acto orgánico, casi ritual, donde lo químico y lo emocional se entrelazan.
Últimamente me he dejado guiar por la fotografía cotidiana, que surge sin ser llamada, no se fuerza ni se dirige, sino que simplemente ocurre. Encuentro belleza en lo espontáneo: un paisaje, un animal que pasa, una ciudad que respira, un edificio que guarda historia. Todos, de algún modo, marcados por la huella humana, por esa forma sutil y a veces brutal en que intervenimos y transformamos lo que nos rodea.

¿Qué aprendiste (o desaprendiste) mientras trabajabas en ello?
He aprendido que uno siempre termina adaptándose a las situaciones que se cruzan en el camino, ya sea en la vida o en la fotografía.
Por eso me encanta trabajar con film. Aunque uno estudie la técnica y busque el control, la película siempre guarda un misterio. La imagen se crea por sí sola, a su ritmo, en su tiempo. Y no importa cuánto planifiques, no sabrás realmente qué capturaste hasta que revelas. A veces te sorprende, otras no tanto, pero siempre hay una verdad ahí.
Eso mismo lo aplico a la vida. Vivimos con la curiosidad encendida y el deseo de tenerlo todo bajo control, pero llega un punto en el que hay que soltar, dejar que las cosas fluyan. Porque lo inesperado también tiene su belleza.
Aprender a soltar el miedo al error, al “no salió como esperaba”, es donde empieza el verdadero crecimiento. Y es ahí, en la experimentación, donde surgen las imágenes y los momentos más auténticos y hermosos.

¿Qué palabras, ideas o emociones te rondaban la cabeza?
Siempre intento estar presente, habitar el momento con todos los sentidos. Sentir incluso el peso real de la cámara sobre mi cuerpo (porque sí, pesa), y también el peso simbólico de decidir qué capturar.
Caminar con más cuidado, mirar con más intención. Observar el espacio y preguntarme si esa escena quiere ser fotografiada, si a la imagen le gustaría quedarse a vivir en ese instante. Siempre busco conectar con el aire, la luz, el ambiente que envuelve a la foto antes de que exista.
Y a veces, aunque las condiciones no sean las ideales, decido hacerlo igual. Tomar la imagen, asumir el riesgo, confiar en el impulso. Porque en esa decisión también hay algo vivo, algo que vale la pena intentar.

¿Hubo alguna conversación, película, música o libro que se haya colado en ese trabajo?
Creo que donde más me encuentro y brota mi inspiración, donde renace el deseo de crear, es cuando escucho la música que mi papá ama. Ese rock en español e inglés de los años 70. Me encantan bandas como Toto o Fleetwood Mac. Cuando suenan, me gusta sentirme entre la brisa de los árboles, todo cobra un sentido más natural, más vivo. Es como si el ambiente entero respirara conmigo.

¿Qué fue lo más difícil que has enfrentado últimamente en tu proceso creativo?
Lo más difícil, y donde suelo estancarme, es cuando caigo en la trampa de compararme. Ver lo que otros hacen y dudar de mí mismo. En esos momentos, me invade una especie de tristeza, como si perdiera de vista mi propio camino y el sentido de lo que hago.
Pero, curiosamente, ha sido ese mismo obstáculo el que, a veces, me empuja a crear sin expectativas, a experimentar por el simple impulso de hacerlo. Y en ese juego sin rumbo fijo, he descubierto partes de mí que no conocía, caminos que nunca imaginé recorrer. Sin buscar un logro concreto, terminé encontrando algo valioso: una nueva forma de ser y de expresarme.

¿Cuál es tu restaurante favorito y qué nos recomiendas pedir?
Órale, pues a mí me gusta siempre, siempre, la pasta vodka de Café Laurel. Está buenísima, nunca falla, me revive, neta, neta. Siempre llevo a gente ahí y cuando la prueban quedan uff.

Si este mes tu vida fuera una película, ¿qué título tendría y quién haría el soundtrack?
Se llamaría “La vida no tiene frenos”, y me encanta el jazz, entonces a Justin Hurwitz o Alexandre Desplat les confiaría todo, todo.

Recomiéndanos uno o más artistas que sigas, que te inspiren, y dinos qué es lo que más te gusta de su trabajo o de su forma de trabajar.
Teo Crawford es un fotógrafo que me inspira profundamente. Tiene muchísimo contenido en Instagram y en YouTube, donde comparte técnicas fotográficas de una manera muy accesible, creativa y cercana. Su forma de enseñar me motiva a seguir adelante, a no rendirme por miedo o por dudar de mis capacidades.
Lo que más me gusta de su trabajo es cómo deja que la curiosidad lo guíe. Siempre está experimentando, ya sea usando diferentes tipos de rollo, enfrentando climas complicados o buscando situaciones poco ideales para fotografiar. Esa actitud de explorar y ver qué sale me parece increíblemente valiosa y motivadora.

Amante de la foto análoga y la naturaleza de las cosas. Creyente que lo cotidiano merece ser visto de una manera en foco no ignorado.
