La playa

Viajaron unas cinco horas sin parar, Ángel manejó rápido por la prisa que le pedía tener el cuerpo de María sólo para él. Tomaron el último libramiento hacia la costa, que se hizo eterno por los camiones de carga y un accidente en el kilómetro 43. María iba calmada, no llevaba maquillaje y el sudor sólo hacia que su piel brillara en un tono cálido. Su cabello largo volaba con el viento que entraba por el quemacocos, mientras ambos jugaban a recordar canciones culposas en su repertorio musical. 

Faltaban pocos kilómetros cuando el calor los hizo parar por cervezas para continuar cantando en el delirio del camino. Su hostal era poca cosa, no había lujos ni siquiera un televisor o ventanas, apenas el mosquitero sobre la cama les permitía darse un lujo de comodidad. 

Apenas terminaron de llegar cuando el hambre los obligó a recorrer las calles en búsqueda de alimento. Las calles no tan llenas, los restaurantes a media capacidad y la playa ahí atrás revolcando las olas en un eterno ciclo de mareas. María pidió camarones, Ángel un cóctel y dos tostadas, hablaron de sus infancias, de los amores de pubertad que fracasaron antes de empezar siquiera. María parecía no sospechar que todo eso le parecía un cliché a su acompañante y, a pesar de padecer un tremendo asco por la preconcepción social, Ángel decidió bajar la guardia y abrazar el momento. 

La arena entre sus dedos los hacia jugar, el alcohol en sus cuerpos los invitaba a perderse en el placer. No tardaron en pedir la cuenta apenas había terminado la puesta del sol. Tomaron la llave de su habitación y cerraron las cortinas del balcón, María no tardó en desnudarse, Ángel se quedó en la orilla de la cama esperando por su amante. Tuvieron la noche para destruirse intentando arrancarse la piel para juntar sus almas, cruzaron sus miradas al momento del orgasmo y se durmieron lento encimando sus piernas hasta que el sueño les alejo a cada extremo de la cama. 

Así pasaron los días donde no tenían que pensar en regresar a la ciudad, al trabajo, a la realidad. María no dejaba de pensar en las posibilidades de un futuro, Ángel, al contrario, no podía concebir el futuro. Aun así, en los silencios tendidos en la playa, no veían desperfectos en sus días, todo se iba con el mar, ola tras ola se limpiaban los miedos. La playa no les dejaba ver lo equivocados que estaban, esa misma playa que los enamoraba, era la que les envenenaba.

Fotografía por Em Bernatzky

close

¡Suscríbete a nuestro newsletter!

Recibe en tu correo una selección del contenido semanal, invitaciones, convocatorias, noticias, descuentos y promociones.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *