La imagen parpadeada y todo lo que se nos escapa

Lo que el ojo encuentra y lo que el ojo extraña, lo que añora ver y lo que quiere olvidar.

La melancolía secuestro mi pestañeo que separa los momentos dividiendo y congelándonos sin tregua. ¿Por qué no podemos ver el continuo fluir de las vivencias?

Seccionando todo, un ojo se cierra micro segundos antes que el otro como el tubo de una ola, pero qué pasa con la formación de la imagen del momento abstraído en recuerdo, se rellena con un micro segundo de imaginación de lo que se cree que pasó ¿y si se nos escapara algo en ese inter?

Voy por la vida creyendo ver, tejiendo imágenes parpadeadas, incompletas, al son de la melancolía que no me deja.

Y la foto no captura el momento, así como nuestra mente no se empapa de todo lo que vive, sino lo transforman en otra cosa. No hay reproducción sino reintrerpretación como toda abstracción del mundo.

Todo lo que siento de esta casita no está en ella perse, está en el interior de mis párpados así como en el interior del diafragma, en todo eso que no vemos. La cámara copio eso también del ojo humano.

La cabaña te va comiendo y comiendo, más conforme más la ves, comiendo todo lo que sientes hasta que le quitas la mirada y te vomita lo que sentías y más. ¿Ahora qué hago con todo esto?

La gatita que recorría la Narvarte de aquí para allá, que venía a visitarme al café y solo una vez se dejó acariciar. La gatita que aquí era Camila, y allá en el taller mecánico era María. La gatita que probablemente tenía un nombre diferente en cada lugar que visitaba. La gatita que veías a las 3 de la mañana regresando de una peda caminando cautelosamente los camellones de Zempoala y Morena. La gatita que aprendí a querer de lejos. La gatita que dejó de ir un día sin más.

Una banda musical imaginaria para entretenerse mientras debería hacer otra cosa. Mi amigo de la universidad, mi novia de la primaria. Parpadeo, parpadeo y en el inter imaginativo una banda indie mamadora con tres conciertos programados. Riverfruit Band.

María hizo sonido en la tesis de mi amiga Gretel. María siempre me ponía nervioso con su mirada. María, por los micrófonos y cables, escuchaba todo de cerca aunque estuviera de todo lejos. María estaba escuchando de cerca, pero viendo de lejos. María estaba de mí, lejos, pero la miraba de mí, cerca. María, en ese momento, miraba de lejos de tal manera, que parecía cerca de tal manera. María miraba de cerca, y cerca se sentía todo lo que miraba. María miraba de tal manera, que mi parpadear se aferro a ella no sabiendo qué se le escapaba.

Después de meses de viaje a un continente lejos de casa, de mi familia, de los desayunos completos y frutas y buena nutrición, lejos de todo lo que se extraña, también lejos de hacer consiente la lejanía, llegué a la casa de la familia de Aïne. Aïne cerca de todo mi lejos, yo cerca de todo su lejos. De alguna manera, de calores abiertos y nutrientes repletos, me sentí cercano. Caminando con su madre por el río y los campos, me sentí abrazado. Esto no es una familia de caballos. Esto no es padre, madre e hijo. En realidad son dos caballos y un poni enano, pero ¿qué importa la realidad cuando puede más el melancólico parpadear?

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Sección: Fotografía

24 años de creación mamadora emocional, y todavía queda más por mamar, y todavía queda mucho más por sentir. Todo el tiempo entre hobbies y lobbies, juegos de palabras y repeticiones sin mucho sentido pero que hacen de la vida un juego muy bonito que me gustaría recordar lo más posible. Creador visual y narrativo centrado en un laboratorio de las relaciones sensibles con el mundo que me va rodeando de tiempo en tiempo y las formas y las gramáticas des e intercontextualizadas puerilmente. Mi amigo Alfredo escribió algo muy bello: “Fotografías conscientes de su medio, de su naturaleza fragmentaria, de la ficción del tiempo congelado, donde las formas parecieran revelarse ante una luz tan real como metafórica, una luz que desaparece en cuanto retiramos la mirada, un momento que pide a gritos avanzar, pero que es consciente que de poseer más tiempo, se esfumaría ante nuestros ojos, dejando sólo el olvido. César Camacho nos ofrece sus recuerdos sólo para abandonarnos en ellos, dejándonos solos con lo desaparecido, iluminando en nosotros el hecho inalienable y universal, de que todo aquello que hemos vivido, ya también lo hemos perdido.”

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