Interludio de noche

Dicen que para dormir, primero hay que fingir que dormimos. 

Hay noches en las que me cuesta y no sé qué debería hacer con eso. Muevo una pierna, luego un brazo. Me da calor, me da frío. Me acomodo, pero en realidad no estoy cómoda. Me tapo, la sábana pesa demasiado. Me destapo, siento esa tensión entre mi pie y la mano debajo de mi cama.  

Esas horas intermedias son un terreno sin reglas. El tiempo parece avanzar distinto, más denso, más hueco. 

A veces, es como una película: cosas cercanas, cosas lejanas, cosas que no sabía que estaban ahí. Me gusta imaginar qué pasaría si pudiera elegir mis sueños como si fueran canales de televisión. Del otro lado, la silueta de la silla en la esquina del cuarto. Me entra un poco de miedo. Me giro, me persigno.

Odio tener insomnio, pero también dormir. Dormimos mucho. Demasiado. Alguna vez leí que pasamos ciento veinte días al año durmiendo. Es difícil no sentir que perdemos algo. Si el sueño fuera opcional, lo evitaría la mayor parte del tiempo. Dormiría para soñar.

Así que finjo. Me quedo quieta, cierro los ojos, trato de engañar a mi cuerpo. Pronto será de día, y el tiempo perdido no pesará tanto. Lo único que tengo que hacer es fingir. 

Fingir que duermo, que descanso, que al menos esta noche, el insomnio no ha ganado.

Fotografía por Dan Finnen