Gramo Café

¿Cómo nació este local y qué lo hizo diferente desde el principio?
Gramo nació en un garage en plena pandemia, en Cuernavaca. Al inicio no había un plan maestro ni grandes ambiciones: era mitad intento de negocio, mitad hobbie de encierro. Lo que sí teníamos claro era la intención de crear un espacio donde tomar buen café, rodeado de música y diseño. Queríamos traer a Cuernavaca un poco de esa vibra cafetera de la Roma–Condesa, pero con nuestra propia personalidad. Desde entonces, lo diferente fue justo eso: más que un negocio, Gramo arrancó como un experimento creativo que se volvió comunidad.

¿Qué parte del día, del espacio o del proceso creativo disfrutan más quienes trabajan aquí?
Nos encanta el rush: ver la barra en pleno caos, los locales llenos, la energía desbordada y la vibra a todo lo que da. Pero también disfrutamos el otro extremo: el local tranquilo, con clientes que se quedan horas trabajando, leyendo o dibujando. Gramo es eso: intensidad y calma, pero siempre una buena sentada. También nos gusta mucho el proceso de selección de café, escoger orígenes diferentes, diseñar el naming y el branding de cada bolsa, es muy divertido.

Si alguien entra por primera vez, ¿qué es lo que no debería perderse?
Cada Gramo es distinto, así que lo primero es abrir los ojos y fijarte dónde estás. Podrías estar tomando café en lo que alguna vez fue la casa de Cantinflas, frente a un mural acuático de Diego Rivera. O debajo de los murales monumentales de Siqueiros en La Tallera, justo al lado de la casa donde vivió sus últimos días. También podrías estar a unos pasos de la zona arqueológica de Teopanzolco, rodeado de una arquitectura reconocida y premiada en el mundo. Dicen que en Gramo somos cazadores de arquitectura top, y si ya visitaste nuestra sucursal de Polanco en Lamartine, lo sabes. Pero en realidad no salimos a cazar: los espacios llegan, se cruzan en nuestro camino y simplemente no sabemos decir que no.

¿Cuál ha sido un desafío interesante que los haya hecho replantearse algo sobre el proyecto?
Decidir abrir Gramo en la CDMX fue un gran reto: la ciudad es otro animal. Al principio fue difícil encontrar un equipo de baristas y colaboradores que compartiera nuestra visión, pero la experiencia nos enseñó algo clave: lo más importante siempre es la gente. Hoy podemos decir que contamos con un equipo de confianza que lleva el día a día y que nos da la seguridad de seguir creciendo sin perder esencia. Y también confirmamos algo fundamental: el modelo de Gramo funciona en la Ciudad de México… la gente ama Gramo.

¿Qué influencia, idea o referencia sigue guiando lo que hacen hoy?
Salo y Sara, los fundadores, vienen del cine y del diseño gráfico. Por eso cada local se piensa como un proyecto creativo: como si fuera una película. Se diseña el set, se eligen los props, se ambienta con una banda sonora y se viste con detalles de diseño que aparecen en las bolsitas de café, los menús, la merch y los stickers que la gente colecciona. Para nosotros, tomar un buen café es un ritual donde convergen muchas capas. La mayor influencia sigue siendo nuestra propia esencia: Gramo se siente como nosotros. Nuestros clientes lo notan y nos recuerdan que la autenticidad —en gustos, ideas y comunicación— es lo que deja huella.

¿Qué lugar, proyecto o persona los ha inspirado últimamente y por qué?
Siempre estamos en búsqueda de inspiración. Últimamente nos ha cautivado Acid Coffee, una barra en Tokio que descubrimos en Instagram. Sirven cafés especiales en copas de vino y venden café en grano en probetas de colores, como si fuera un laboratorio. No hemos estado ahí físicamente, pero su autenticidad y la forma en que juegan con el color nos recuerdan que la creatividad en el café no tiene fronteras.

También nos marcó la serie animada Primal, de Genndy Tartakovsky: la historia de un cavernícola y un dinosaurio al borde de la extinción que encuentran en su amistad la única forma de sobrevivir en un mundo brutal y primitivo. Nos dejó tanta huella que hicimos un sticker con Spear, su protagonista, que dice “Mato por café”. Al final, todos tenemos algo que nos recuerda que sin café, la supervivencia sería más difícil.

Si su espacio pudiera invitar a alguien a colaborar por un día, ¿quién sería y qué harían juntos?
Sin duda invitaríamos a los Hermanos Gutiérrez a tocar en vivo. Somos muy fans y suenan diario en alguno de los Gramos. Ya hemos hecho un par de eventos en torno a su música: una listening party de su disco El Bueno y El Malo en Gramo 3, dentro del Museo Cassa Gaia, y una cena sorpresa de varios tiempos que llamamos Omakase con Sonido Cósmico, en honor a su álbum más reciente, Sonido Cósmico. Esa noche proyectamos sus videos en la pared y dejamos que su música guiara la experiencia. Tal vez algún día podamos pasar de los homenajes a tenerlos como invitados reales.

¿Hay algún objeto, rincón o detalle del lugar que tenga una historia que pocos conocen?
Hay muchos. En casi todos los Gramos se pueden encontrar piezas artísticas hechas por Salo o Sara: desde dos cuadros de plastilina creados por Sara especialmente para Gramo, hasta un collage de la película Dos Veces Tú, que originalmente fue un boceto del póster final. En algunos locales incluso puedes comprar un DVD de la ópera prima de Salo, Ocean Blues. Y en Gramo 2, si te fijas bien, todavía puedes poner un CD en el estéreo, usando la colección personal de Salo. Detalles así hacen que cada espacio guarde su propia historia.

Si este proyecto fuera una ciudad, un libro o un disco, ¿cuál sería y por qué?
Sería un disco de The War On Drugs, la banda favorita de los fundadores. Su música tiene algo hipnótico y envolvente, como un viaje que combina nostalgia y esperanza, carretera y horizonte abierto. Así sentimos a Gramo: cada local es un track distinto, con su propio ritmo y atmósfera, pero todos conectan en un mismo álbum. Cada gramo cuenta.

Respuestas por Salo Askenazi, co-fundador de Gramo Café.