Estos últimos días he sido más consciente de mi propio cuerpo. Más sensible a sus detalles: los poros que se abren, los sonidos que emite al operar… Y esta carne… que la fricción de los días maltrata.

Cuerpo. Mi cuerpo. Te siento ajeno, te siento de más. Incapaz de reconciliarme. Sé que te debo tantas cosas, cuerpo, pues tú me has dado el don de conocer y, a cambio, yo he sido un ingrato.

¿Por qué me contienes? ¿Por qué me oprimes contra ti y me fuerzas a poblarte, a verte decaer? ¿Es que tienes miedo de irte solo?

Estos últimos días he sido más consciente de mi propio cuerpo. Del de los demás. De lo que su carne esconde.

Aunque quizás toda esta hiperfocalización solo se deba a tener una de Cronenberg puesta o a haber visto mucho terror corporal en lo que va del mes.

¡El terror de tener un cuerpo! O la tristeza de saberse algo más.

¡Quererse algo más!

Porque yo no soy mi cuerpo. Yo no soy esta decadencia ni esta carne mosqueada. O, cuando menos, yo me niego a serlo. Y, sin embargo, lo soy y con un enorme patetismo intento adornarlo, porque es lo único que puedo ofrecerte. Lo único que puedo recibir de ti.

Te anhelo, como enganchado y pendiendo de un tubo de carnicería, sintiendo el frío acero del gancho del que pendo en el continuo momento en que lacera mi espalda.

Lejano. Y tú estás ahí y, a la distancia, me miras, y en tu mirada percibo una vastedad de la que soy exiliado.

Fotografía por Daniela Diaz