Camino por una calle del centro, de esas que no están ni llenas ni vacías, y esa condición intermedia me permite mirar. Podría jurar que Almodóvar acaba de pasar junto a mí. Unos metros más adelante, al girar la cabeza, creo reconocer a Andy Warhol. No es que sean ellos, claro, pero durante unos segundos lo son.

Empiezo entonces a mirar con más atención a las personas con las que me cruzo. Y caigo en la cuenta de que todos somos «famosos», aunque no lo sepamos. Todos tenemos algo que hacer bien, un talento discreto, incluso aquellos que parecen no tener ninguno. Quizá, sobre todo, ellos.

De pronto, cada persona que pasa a mi lado se convierte en autor de algo importante. No sé exactamente de qué, y tampoco me preocupa averiguarlo. Hay conocimientos que se estropean cuando se nombran.

Lo que sí veo con claridad es el estilo. Ese modo particular de estar en el mundo. La forma única en que cada quien ocupa su cuerpo, su tiempo, su trayecto. Un brillo, un ritmo propio. Un flow. No como moda, sino como evidencia de estar siendo uno mismo sin esfuerzo.

(Porque, claro, caminar evidencia ser uno mismo sin esfuerzo. Qué cansado ir por la vida caminando sin ser tú mismo. El acto de caminar y caminar y caminar hace que el cuerpo se relaje, que se adapte a los espacios, a los entornos, que se mueva libremente de acuerdo con tus necesidades. Por más que intentes fingir tu caminar, llegará un punto en el que ya estás siendo tú mismo y ni siquiera lo has notado).

Fotografía por Diego Sebastián.