Ella

Alta, delgada y tan bella como para ser juzgada por todos como el estereotipo que pinta: rubia, de piel blanca y de ojos cafés, pequitas sutiles bajo sus ojos y labios rosados y carnosos. Bella, pues, como en general podemos decir que la sociedad ha clasificado como bella. Bella, delgada y débil, perfecta para matar. Cómo, esa era la cuestión, las niñas como ella son tan fáciles de matar que nos dan un sinfín de oportunidades. Pero ella no encajaba dentro de los estereotipos, ella no busca su significado de la vida en objetos materiales que le proporcionan felicidad inmediata, como todas las que se ven como ella, tampoco era tonta, y esa era su mayor fortaleza. Con ella no podemos equivocarnos en nada.

La rapté porque es tan tímida que nunca hubiera aceptado ir voluntariamente a mi apartamento, a menos que fuera por darme alguna ayuda, es decir, tendría que contarle alguna historia sobre cómo no sabía combinar las cortinas de mi sala o… o algo así, ¿ven? Tendría que pensar, tendría que esforzarme y sinceramente requería menos esfuerzo llevarla a la fuerza que pensar en alguna manera de engañarla.

A ella la encerré en un tanque cilíndrico de vidrio de dos metros de altura donde no cabía sentarse, sellado por la parte de arriba excepto por un pequeño orificio de no más de tres centímetros de diámetro y una llave de agua abierta sobre él, cayendo lentamente, llenando quizá un centímetro del tanque cada minuto. Me senté frente a ella a observarla, a observar en su rostro el progreso de un humano que lucha por sobrevivir y se da cuenta de que todos sus esfuerzos serán inútiles.

Esa parte del final de sus vidas en que luchan hasta juzgar que han hecho lo suficiente y dejan de luchar. Todos dejan de luchar. Al final del día, morir es mucho más fácil que vivir y yo, ser piadoso, misericordioso y dueño de sus vidas, les pongo en la palma de las manos la opción de dejar de luchar. Vivir es una lucha constante, hay que luchar todos y cada uno de los días, luchar por ser alguien, luchar por amor, por trabajo, por una familia, por comida, por seguridad, por reconocimiento, por sobrevivir. Difícil no es estar atrapado en un tanque que eventualmente te ahogará frente a los ojos de un misántropo sadomasoquista, difícil es vivir. Porque vivir, para ellos, es luchar todos los días para no morir ahogado en el tanque emocional. Y es que, casi tan placentero como la sangre, la humillación y el dolor, es ver la esperanza esfumárseles del alma, porque si algo entendió bien la raza humana, es que la esperanza, efectivamente, es lo último que muere.

La flaca esta, pues, tenía toda su ropa puesta. Le pesaba, era parte de ese terror infundado que la consumiría durante las próximas cuatro horas, hasta el momento de su muerte. Pero era lista, y se desnudó ella solita, cuando comenzó a notar el peso de sus botas impidiéndole patalear y la fluidez de su playera le impedía nadar. Encendí un cigarro mientras la niña buscaba una salida en las piezas que conformaban el tanque, buscando un tornillo suelto, una debilidad en el vidrio: pero no la encontró. Me miró a los ojos en separadas ocasiones, rehusándose a rendirse hasta que el agua la hubo levantado del suelo hasta casi cubrirla completamente, me miró a los ojos y me gritó y golpeó el vidrio por todos lados mientras el terror la consumía lentamente, mientras el agua subía y me impedía moverse con fuerza.

La flaca no dejó de luchar incluso cuando el agua la hubo cubierto completamente, no dejó de luchar a pesar de saberse desnuda y muerta frente a mí en un lugar en donde nadie encontraría su cadáver, a pesar de saberse humillada e inevitablemente olvidada, no abandonó la vida sino hasta que la falta de oxígeno le reventó los vasos sanguíneos en el cerebro y comenzó a sangrar de la nariz y de los oídos, no abandonó la vida sino hasta el segundo anterior al que perdió el conocimiento y murió con los ojos bien abiertos, mirando fijamente lo que no sabré nunca si era mi alma o la suya.

Fotografía: Lukasz Wierzbowski

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