Caminaban bajo los andamios de la calle como fantasmas ensayando la memoria; cada paso una suave percusión contra los huesos de la ciudad, contra la piel erizada del final del otoño. El neón sangraba a través de la lluvia, y el tiempo, ese viejo necio, se plegaba a su alrededor como papel de aluminio.
Uno tarareaba algo que pudo haber sido amor; de ese que sabe a aire enmohecido y a últimas oportunidades. Otro reía, bajo, como las farolas titilando para no desvanecerse más. Y el más alto no decía nada en absoluto, solo cargaba el silencio como una carta nunca enviada.
No se iban ni llegaban, solo pasaban, como si el movimiento mismo fuera una gracia suave susurrada contra el viento fugaz.
La lluvia se adelgazó. El falso evangelio del neón se atenuó. En algún punto bajo los andamios, el agua se reunía y volvía a caer, paciente, repitiéndose.
El que tarareaba se tragó la última nota como si tuviera un lugar mejor al cual ir. El que reía la dejó morir en su garganta. Y el más alto, cargando ese silencio sellado, lo sintió pesar más ahora —aunque solo por un momento— como si la carta hubiera aprendido el peso que guarda el silencio.
Disminuyeron el paso, aunque ninguno lo habría nombrado, y siguieron caminando.
Fotografía por Rafael Delavequia Corona // Revelado y escaneo por Laboratorio Espiral

Como profesor de escuela, compositor y fotógrafo, trato cada día de tener menos interés en las cosas que ya sé y más fascinación por lo que decido hacer con las cosas que no sé.
