I…
Siempre me pregunté en qué consistía la verdad gramática; aquella fórmula infalible de la que hablan, sino es que todos, por lo menos los grandes escritores; ese estado cardiaco en el que la razón y el amor por las palabras se fundía en un buen discurso, en un flamante texto, en un cúmulo de letras que erosionan la conciencia.
¿Qué se supone que tengo que hacer para tener textos impecables, casi puros?
Era una pregunta constante para mis adentros, incluso prefería ponerme a leer aquellos inmensos textos que hacer mis tareas de números. Preferí leer a Tolstói con sus mandamientos bélicos y beatos, que entregar un formulario como medio de salvación; pero es que de verdad me resultaba imposible dejar la narrativa entrecortada para atender esos asuntos que solo incitan al ocio y a la pesadumbre mental o a las infinitas resoluciones de una fórmula. Que los inteligentes se encarguen de ello. Yo, una fémina disuelta en los riffs estridentes de guitarras eléctricas, con un peinado “ridículo” y unas plausibles ganas de poetizar al mundo, no iba a estar perdiendo el tiempo en vanalidades.
Escribía de casi cualquier cosa, así fuera lo más simple, lo más visceral, me sentía escribana con tan solo detenerme a narrar sobre lo que fuere. Verbos, acentos, aquí, allá, sustantivos, sujetos, de mí, de otros, conjunciones entre nexos.
Ahora, viene a mi mente el profesor Remedios de cálculo diciéndome: “son letras, solo dales un valor”. He ahí la respuesta de todas mis sensatas dudas.
Descubría cierto placer al hundirme en las historias que leía, para después, de una manera inocente, “imitar” esa pulcritud en mis escritos, el romanticismo de los signos de puntuación y sus conjugaciones más precisas, me seducían constantemente.
II….
Además, quién diría que aquel señalamiento con tono de altanería por mi falta de comprensión, habilidosa atención, o eximente, sería el empujoncito para comenzar a relatar, a jugar con las palabras, a respetarlas y a encariñarme de las conjunciones que se forman cuando uno les pone un poquito de esmero. Pero no, no creas que va con tono de superar un trauma de mi escolaridad, más bien tenía que hacer este comercial para decirte que algo pasó hoy, justo cuando tenía mi cabeza contra tu pecho, y tus brazos me apretaban por la espalda, mientras yo giraba mi rostro para ver hacia atrás y entonces encontrarme con tu rostro.
Noté que te he escrito algunas palabras, palabras que no dicen más que lo que me haces sentir; cada una hilvana el nerviosismo que me da al verte a través de la distancia y sobre ese corredor; te veo acercándote y mi corazón se acelera demasiado, como si pudiera latir más fuerte, incluso fuera de mí. Pero no puedo estar vigilando a ver en qué momento vas a llegar, no soy “el zorro del Principito”, por eso es que me invento estos textos. ¿Qué boba verdad?
Te he escrito otros tantos con toques de locura, mezcla de cursilerías, producto de mi fanatismo por Benedetti, paradojas por culpa de Borges o que carecen de poco sentido en pro de Sabines. Otras relatan el dogma que me causa el haberte conocido y de la forma en cómo te presentaste, casi como el ciclo perpetuo en el que están los átomos, los cuales son como pequeños cuentos que, inamovibles, me siento a escribirte para que en un ratito libre tú los leas y, entonces, te des cuenta de que a letritas también se descubren cosas, y que así como lo dice tu ciencia, tus átomos y los míos viajaron por el espacio interestelar hasta agruparse y formar estas letras a las que “hay que darles valor”…
Fotografía por Regina Arellano Muñoz

