El (otro) cuerpo

La primera vez que conocí ese cuerpo fue a los 16. Ese cuerpo compartía muchos pedazos con otros cuerpos. No recuerdo su nombre. Solo recuerdo que fue la primera vez que conocí la mirada, una violenta. Yo di sin medir la consecuencia y sin darme cuenta, mi cuerpo ya era de otro. Ese cuerpo no quería nada del mío.  Lo que implicaba no solo intentar dar un cuerpo físico, sino también, otro cuerpo que se construyó. Y que quedó y que aún perdura. Ese cuerpo nunca fue mío. Nunca permitió darme algo que quisiera. Dejando así, marcas en el mío.

La segunda vez que me encontré con ese cuerpo fue a los 18. Ese cuerpo ya era muy distinto. La mirada era más de esas que se dan a puerta cerrada. No recuerdo su voz, pues no nos dedicábamos a hablar. Solo recuerdo que compartir el amor con ese-otro-cuerpo era extraño. Disfrutaba ese cuerpo todos los martes antes de la escuela. Y sin dar cuenta, el cuerpo que quedaba y que perduraba, sufrió otro cambio. Este nuevo cuerpo tampoco fue mío. También compartía pedazos con otros cuerpos. Y yo lo sabía. Mi cuerpo se acostumbró a recibir, como los demás, un pedacito. Y la idea que se generó en mi fue “la ilusión de obtener lo que uno quiere, aunque no se acerque ni un poco al deseo real. Igual conforta un poco, a veces, a ratos”.

La tercera vez que volví a ver ese cuerpo fue a los 20. Ese cuerpo era similar a los otros dos que conocí. La ligera diferencia es que éste, construyo otros cuerpos junto con los míos. De este recuerdo todo. La piel estaba maltratada y manchada, se rompía constantemente. Era un cuerpo herido, molesto, abandonado. Y ahí, en instantes, nuestros cuerpos se recuperaban y se refugiaban. Este cuerpo me perteneció a un precio muy alto. Lo tuve tan poco que no estoy segura de haberlo tenido del todo. Pero me amaba, y yo a él. Después, supe que compartía deseo con otro cuerpo. Y aunque decía que mis cuerpos eran los únicos, terminó por dejarlos, sin recuperación y sin refugio. Me abandono a mí y a mis cuerpos.

La última vez que volví a ver ese cuerpo fue a los 22. Era un cuerpo joven. Parecía un cuerpo nuevo por admirar. Y mis cuerpos, aunque no tenían ganas de volver a empezar, se cautivaron por lo taciturno de este nuevo. Hasta que, por fin, me miró. Lo metía a escondidas y de puntitas por la casa.

Recuerdo que lo convertí en un fantasma. Siendo que deposite otros cuerpos en el suyo. Construyendo los cuerpos que siempre quise en ese-otro-cuerpo.

Y lo acariciaba, solo con la mirada. Y lo dejaba tenerme, por ratos. Dejaba que se acercara antes de que me alejara y buscara otros cuerpos. Y cuando ese cuerpo me dejó, lo quise de nuevo, pero esta vez, sin fantasmas. Quería su-otro-cuerpo. Quería que me amara otra vez.

Y ese cuerpo, que ya no está por ahora, volverá cada que quiera y cada que pueda. Y lo buscare indecible, innombrable, inalcanzable. No está y mi cuerpo lo sufre. Y cada vez que vuelve trae novedad. Un nuevo corte cabello, una nueva prenda, otro lunar, otra peca, otro cuerpo.

La última vez que lo vi era tan tímido. Ahora vuelve rojo. Luego volverá con otra cara, con otro nombre, con otra voz. Con-otro-cuerpo que no dejará de cambiar nunca.

Fotografía por Ian Allaway

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