¿En qué proyecto has estado trabajando últimamente?
Últimamente he estado sumergida en El farero, un libro con texto de Eugenio Fernández Vázquez, con quien he formado una especie de mancuerna creativa. Nuestra colaboración comenzó con Un amor por encima de todo, un proyecto que nació a principios de la pandemia y que, para nuestra sorpresa y alegría, recibió mención honorífica en el concurso A la orilla del viento del Fondo de Cultura Económica. Ese libro acaba de publicarse y nos tiene muy felices.

Después de eso, Eugenio me compartió un nuevo texto: El farero. Me atrapó de inmediato. Comenzamos a desarrollarlo, hicimos una maqueta y nos la llevamos a la Feria del Libro Infantil de Bolonia. Ahí sucedió algo inesperado: conocimos a Yael, de la editorial neoyorquina @tapiocastories, quien se interesó en el proyecto. Irónicamente, el libro se publicará primero en inglés, bajo el título The Lighthouse Keeper. En este momento estamos afinando los últimos detalles; el trabajo editorial de Yael ha sido meticuloso al extremo —cuidando cada rincón del libro— y eso nos ha hecho ver cosas que antes se nos habían escapado.

Lo más increíble de este proyecto ha sido, por un lado, encontrarme con un texto bellísimo que me dio absoluta libertad para interpretar visualmente a uno de los personajes principales. Esa libertad creativa dio pie a una de las grandes sorpresas del libro. Y por otro lado, el hecho de trabajar tan de cerca con el autor, lo cual le dio a todo el proyecto una coherencia y profundidad muy especiales.

¿Qué aprendiste o desaprendiste mientras trabajabas en ello?
Aprendí —o más bien, me confirmé a mí misma— que debo seguir apostando por los proyectos en los que creo profundamente, incluso cuando no hay garantías de que vayan a concretarse. Son esos los que realmente valen la pena: los que implican más retos, más entrega, y —aunque suene cursi— más amor.

¿Qué palabras, ideas o emociones te rondaban mientras lo ilustrabas?
Estaba muy presente la idea de los distintos estados del agua y todo lo que evocan emocionalmente: desde la quietud más serena hasta la tormenta más feroz. Pensaba mucho en los ciclos, en el aislamiento —que inevitablemente me llevó a la memoria de la pandemia—, y en la generosidad humana como una especie de faro en medio de la incertidumbre.

¿Hubo alguna conversación, película, música o libro que se colara en el proceso creativo?
Nada de forma consciente, pero si uno observa con atención, seguro se asoman por ahí ecos de El náufragoSinging in the Rain… y hasta La Sirenita de Disney.

¿Qué artistas visuales te inspiraron y qué te atrajo de su forma de trabajar?
Venía de una etapa muy influenciada por los impresionistas —sobre todo Van Gogh—, trabajando desde una estética orgánica y gestual. Pero al mismo tiempo admiro profundamente a artistas como Olimpia Zagnoli, con su estilo geométrico y vibrante. Creo que en El farero se puede ver un diálogo entre esas dos formas de abordar la imagen: la emoción suelta y la forma contenida.