El cuento de un hombre que no fue ficción

Desde hace tiempo me he levantado a la fuerza, sin ganas y con la misma pregunta en mi mente:
¿Cuándo dejaré de vivir?

Jamás conocí a mis padres ni a ningún familiar que por sus venas corriera la misma sangre que la mía. Crecí en un lugar donde el amor no pide nada y no hace sufrir. En soledad, como hasta ahora.

Tengo 27 años, vivo en un piso pequeño en algún lugar del centro de la ciudad y desde hace 3 años trabajo como escritor, algo mediocre, pero me mantiene. En el amor siempre tuve suerte, no soy el más atractivo pero mis rasgos marcados hacen que las mujeres me volteen a ver sin que yo me esfuerce en conquistarlas, pero yo no estoy interesado en el amor, no me interesa. En realidad, nada me interesa. Hace mucho que perdí la motivación en todo lo que hago.

Sé que es de día porque he sentido el calor del rayo de sol que entra por la ventana mi cuarto, sigo la rutina de siempre: levantarme de la cama, poner el café, bañarme, vestirme, el café caliente en la taza, esperar a que enfríe para poder tomarlo, cepillarme los dientes, tomar la mochila y las llaves que siempre dejo en una silla, cerrar la puerta, bajar las escaleras y empezar a caminar por las calles rumbo a la oficina.

Observo a la gente que está barriendo las banquetas, abriendo sus negocios, saludando y deseando buen día a conocidos y a los que no lo son, los que van en sus carros con algún destino fijo, aquellos que van corriendo y esquivando personas porque ya van tarde a alguna parte donde seguramente también se sienten infelices, como yo; los miro detenidamente y me pregunto si ellos también han pensado en suicidarse.

Entro al metro y camino hacía los andenes, espero por más de 10 minutos y por fin llega, entro al vagón y siento como todos me observaran: la señora que va leyendo, aquella que va recargada en la puerta, el señor que va con su mochila al hombro y esa chica que intenta coquetearme con la mirada; como si en mi rostro se reflejara la pesadez de la tristeza con la que voy cargando desde hace tiempo. Me incomodan. Ya basta.
Bajo en la siguiente estación, aunque no sea en la que debería hacerlo, quiero gritar, golpeo la pared en la que me recargo, me deslizo poco a poco hasta caer al piso y poder poner mi cabeza entre mis rodillas. Las manos me tiemblan y mi cuerpo sube su temperatura. Quisiera que todos pudieran entender que no hay medicina en el mundo que pueda sostener a quien tiene la vida tan debilitada desde el principio. Nadie me conoce, ni yo mismo, porque no lo creo necesario. He intentado seguir con mis días, trabajar de más, comer de menos y dormir mucho para evitar lidiar con mi realidad. No logro integrarme a esta vida que llevo, no puedo expresar mis sentimientos, no tengo propósito alguno en la vida que valga la pena ni sueños o aspiraciones.

Le temo al fututo, a no llegar a ver más allá de lo que conozco. La angustia me invade. Lo que más me hacía falta, por lo que suspiraba tan desesperadamente, no era saber y comprender; sino vida a mi propia vida, decisión, sacudimiento e impulso.

Me pongo de pie, decido seguir con mi día y espero al siguiente metro, busco mi celular, conecto mis audífonos y pongo música, eso siempre me relaja después de sufrir una crisis.

Una chica se para a mi lado, está muy cerca de mí pese a que está vacío el andén para esperar el metro, su brazo roza el mío, acerca su mano a la mía y siento su calor. No me incomoda, también tomo su mano. No nos miramos, nos quedamos así, en silencio, sin vernos las caras, con la mirada fija al frente. Por primera vez en la vida me siento feliz, como si algo me moviera por dentro para seguir. No sé quién sea ni como sea, pero me da tranquilidad que sostenga mi mano.

A lo lejos se escucha la bocina del tren que está por llegar, si doy un paso hacía adelante están las vías y así termino conmigo mismo y todo aquello que me aflige y me cuesta trabajo sostener, total, nadie me espera en ningún lugar, estoy solo… Pero si doy dos pasos hacía atrás puedo empezar de cero con alguien que está sosteniendo mi mano, que me calma y puede salvarme y hacerme sentir que la vida ha llegado a una perfección tal, que ya no vale la pena buscar más.

Fotografía por: Can Dagarslani

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