Donají: alma pura

Mi cuerpo sentía desde tiempo atrás que todos mis ansiosos deseos por sentirme con una gran dicha, estaban por llegar. Aún faltaban meses y desde entonces, hasta la misma música me comunicaba sobre el sensacional e increíble dolor que se avecinaba. Un dolor partícular, que resulto ser núcleo de un planeta gigante con atmósfera de profunda tranquilidad.
Las metáforas y eufemismos no cesaron. El jardín de los presentes me incitaba a creer en la magia, en el estruendo impredecible de la magia química provocada por el amor.

Y tan cierto como el despertar, lo encontré un día cualquiera. Ella estaba sentada ahí, frente a la mesa de la oficina. Era mi primer día. Era mi primer amor a primera vista.
Aún me pregunto qué fue lo que hice bien para merecer su presencia y de la misma forma, qué hice mal para obtener nada mas que cenizas.

Tan permeado por miles de prejuicios, pensé que jamás se acercaría a hablarme.
“¿Por qué a mí? ¿Por qué a un moreno iletrado de barrio obrero? ¿Por qué la chica blanca, pequeñoburguesa, bonita e inteligente se fijaría en alguien que no es de su calaña?”

¡Oh sorpresa! Como telenovela mexicana.

De pronto me encontré siendo una especie de María la del barrio malversada; cuasi culta; haciendo lo imposible para enamorar al platónico de distinta clase social. La diferencia es que mi único interés fue sólo continuar sintiéndome más vivo que nunca con su presencia.

Era como volver a la secundaria a recorrer todos esos pasajes escondidos en la psique, que parecían haberse borrado, pero solo aguardaban el momento de ser redescubiertos. Sensaciones que no se pueden olvidar porque te recorren una o acaso dos veces en toda la vida. Yo espero que después de esta catástrofe con mis ausencias, haya una tercera, porque la tercera es la vencida.

Y quién sabe, tal vez en esa tercera ese amor sí se consume. Tal vez en esa tercera, me permita tomarla de la mano y pararme de frente para tener el valor que me faltó y decirle «nunca había querido a alguien así».

La representación fiel de que el amor no requiere un contrato de palabra, dígase noviazgo. La prueba fehaciente de que por amor, todo se vale y cualquier cosa, por más estúpida, en el momento representa una increíble hazaña. Inverosímil, como tenerle de frente para oler su mirada, llena de resplandores, de café, croissants y elegantes colores. Del verde de jardines, de sus faldas largas multicolores, de sus botas azules, de su cabello negro potente, hermoso, largo, luego corto y perfumado; increíble saborear las sutiles caricias con nuestras manos; las suyas suaves, como lino, elegantes, finas y estéticas. Flacas como la muerte, preciosas como zafiros.

Idilio de cinco minutos que me durará toda la vida, que dolerá hasta el fin de los días: escuché a lo lejos sus suspiros, sentí el calor encariñado de su cabeza reposando en mi hombro y vi los corazones que salían, como de caricatura, en aquel primer momento en donde se dio cuenta que moríamos por tenernos, por pasearnos, por comer juntos y yo, vehemente, comunicarle la mágica sinestesia que provocaba su presencia.

Pero uno no tiene el control. Ni aún el arraigo al más poderoso ejercicio de poder normativo pueden con tan grande cosa como dejarle ir. Y si de poder se tratara, me volvía Foucault. Y si de pensar se tratara me volvía Kant. Pero uno no puede permanecer en donde ya no hay, ni las cosas alargar. Porque si de poder se tratara, pude haber movido mar y tierra por su compañía. Pude haber tenido la cordura y duele más, pude haber tenido la visión de lo venidero.

Si de lo fácil se tratara, hubiera alargado todo. Así el último abrazo y el único tímido beso, habrían sido eternos.

Le sigo sintiendo en lo más profundo de mis huesos. Aún me estremezco si le pienso o si sus letras veo. Ahora, lleva mucho sin estar. Si la siento en los huesos, si con pensarla me estremezco, entonces ¿Dónde la he de encontrar?

Se irá del país y tal vez no le vea en un tiempo. Pero ¿cuál tiempo? Si el tiempo se detuvo en la primera vez que vi sus ojos. Ahí se estancó. Así que, habrán pasado siglos y seguiré, en esa misma mesa en la oficina, atónito y tirando por ella litros de saliva.

Fotografía por Thomas Listl

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