Prosa centennial

Jamás imaginé que llegaría el día en el que extrañaría todos los días…

Desde hace algunos meses que vivimos en un lunes interminable, que lleva consigo un hastío abismal.

Por ahí de marzo, dejamos de correr detrás de lo que nos ataba. Pasamos de ser esclavos de la sobre-estimulación cotidiana, para transformarnos en verdugos del futuro occidental. 

Yo, por mi parte, contemplaba el nuevo milagro del dinero y cataclismo, observando por última vez el adoquín gastado de la calle, buscando una buena reflexión. 

“¡Ya nos cayó el chahuistle!” -gritaba la vecina del departamento 76, mientras maldecía alfabéticamente a todos los dioses en los que nunca creyó. Su marido intentaba tranquilizarla, ofreciéndole una que otra palabra alentadora que escondía un optimismo falaz. ¿Qué otra opción existe? Cuando hasta el pesimismo se ha tornado en privilegio de clase. 

Decidí dejar de escuchar, preferí dejar que el egoísmo me cegara.

Después de un par de semanas, desperté; se me juntaba la rabia y se me hacía un nudo en la garganta. Todo se convierte en espejo y la mente se magnificó. ¿Contención de adrenalina o sobredosis psíquica? Un poco de ambas pues estamos viviendo más adentro que por fuera: ahora, el exterior es solo una percepción de la mente misma.

El miedo, vicio de cuarentena no me permite dormir o quizá solo es la paranoia contundente que asoma una transición inverosímil,  pero ¿cómo acostumbrarse a la nueva vida de cartón?

Le atribuyo la angustia al Siglo de las Luces que conmutó la fe por una certeza grotesca de un humano todopoderoso. Hoy, los neo-religiosos, un tanto ensordecidos por el pánico, rezan a una entidad precisa: la ciencia. Esperando que sea ésta, el mesías que prolongue nuestra insignificante existencia…aunque ya queda poco por hacer, y sinceramente, ansío ver el mundo arder.

Fotografía por Thomas Listl

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