Consejos para la noche que andas buscando

Elige el mejor bar con terraza para ese fin de semana, busca llegar entre cinco y seis.
Los atardeceres después del segundo trago se miran con más tonos de los que tienen.
Pide vino, a él déjalo pedir lo que sea que le haga tomar valor.
Después hablen de esas cosas banales que a nadie le importan pero se finge que sí.
Cuando menos se lo espere, dile que te cuente un secreto.
Te pedirá lo mismo por cortesía.
Cuéntale uno, el que quieras, menos el nuestro.
Si lo has elegido medianamente inteligente, sabrá salir de la solemnidad de la situación contándote un chiste o algo que te haga reír.
Y cuando vea tu risa dudará si follarte será un premio o una maldición.
Pero que eso no te importe mucho.
Ríe, pero solo ríe si realmente te hizo gracia, todos sabemos que las risas falsas son difíciles de sostener al igual que los orgasmos.
Ahí le van a dar ganas de besarte y a ti de que te bese.
Si lo has elegido medianamente sensato, se acercará mientras te mira y te besará despacio para después estando en tu boca subir la intensidad con la lengua, durará lo justo para que ambos se declaren la guerra y preparen la batalla.
Se separa de ti y habrá una sonrisa mitigada por parte de ambos, acto seguido pedirá la cuenta.
Si no la pide él, la pides tú.
Que sepa que no viniste por un vino, ni un atardecer, ni un ‘en qué trabajas, qué es lo que te gusta y todas esas pendejadas‘.
Que cuando crucen la calle camino al hotel que eligió con la mejor vista, te tome de la cintura para comprobar que la mejor vista no da a la calle.
A la hora de abrir la habitación ya debe estar besándote de nuevo y sin despegarse, quitarse la ropa.
Él la tuya, tú la de él.
Nunca dejes que te deje de besar.
Ahí perdería.
No lo dejes perder.
Te va a susurrar al oído alguna idiotez innecesaria pensando que va a calentarte más.
Perdónalo, ahí todos somos unos idiotas.
Te va a medir la temperatura con un dedo, tal vez dos.
Entreabrirás la boca y entrecerrarás los ojos.
Búscale la boca y bésalo nuevamente, que no se le olvide a qué has venido.
Si lo has elegido medianamente ardiente, no va a dejarte dormir después de ver los pechos que tienes por dioses.
Mucho menos después de probar la savia que tienes por vulva.
Dile cómo te gusta, si lo elegiste medianamente obediente, va a valorar el mapa del tesoro que le estás brindando.
Te va a empellar de frente, primero de frente y mirando a los ojos, a menos que sólo quiera follarte mirando tu culo y perderse esa mirada que pones cuando es fuerte, pero no es hasta al fondo y después suave y, sí, hasta adentro.
Súbete.
Muéstrale quién manda cuando ya no mandan las neuronas.
Muérdelo, que sepa que el dolor va pegado al placer y viceversa.
Exígele que te dé la cogida de tu vida.
Porque coger siempre debería tener la encomienda de tener que superar a la vez pasada, y así, y así sucesivamente.
Porque si no, entonces nos quedamos en casa y nos matamos solos.
Deja que rime tu nombre con los movimientos de sus manos en tu cadera, será su condena.
Si lo has elegido medianamente iluso, al derramarse va a querer pasar el resto de las noches contigo, más que con él mismo.
Si al final de todo, te has elegido medianamente a ti, evitarás a toda costa que yo te cruce por el pensamiento.
Ahí ganarías.
Pero he de confesarte que tengo ganas de que no te dejes ganar.

Fotografía por Edie Sunday.

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