Tengo el tiempo suficiente para remendar y volver a descoser por cuarta ocasión el pantalón que me favorece. Las palomas y los perros me miran a través del cristal y no están obligados a pagar por tal espectáculo. 

Nadie debe saber que te descubrí, me enamoré y finalmente soy un ser domesticado gracias a tu guía y tu mirada.

Cuando era mujer —o al menos esa era la certeza que mi madre necesitaba— prefería despertar pasado el mediodía, después del desayuno, cuando las aves ya se habían sacudido y cantaban. Prefería estar acomodada en la cama y existir en silencio; en esa casa se debía ser “mujer” mucho antes del amanecer.

Tú me enseñaste el arte de acomodar libros y apuntes para aparentar una faena de tareas y sacrificio sobre el escritorio, para conservar el privilegio de quienes se entregan a la noche y la despiden igual, para beberse la madrugada.

A ti, los pasillos y escondites te estorban, las lágrimas te aprietan y las carcajadas te faltan. 

Me besabas en público con los labios pintados, llorabas de alegría mientras te leía poesía y reías para ahuyentar mis tristezas. Yo soy el hombre que mi padre nunca consiguió ser, tú eres la mujer que mi abuela prometió destruir, y con todos los testimonios a la suma te atreves a pensar que los terremotos son más peligrosos que tú.

¿Por qué todo lo prefieres amarillo? ¿Para qué trenzas mi cabello mientras duermo? ¿En tus sueños las flores huelen mejor?

Jamás me pediste algo porque sabías que tenías hasta lo más estrecho de mi atención (sería tonto pensar que no se pierde al hacer pausas), desaparecías sin aviso porque amabas los encuentros, decías que en nuestro próximo viaje seríamos más nuestras y menos invisibles.

Regresé a casa de mis padres —eso les da tranquilidad—, no conseguí presentar a tu cuerpo inerte las flores que tanto amabas. 

El cabello me crece con mayor rapidez, como exigiendo tus manos; te busco en los muros del jardín que preparaste para mí. Seguro sabías que allí me dolería menos tu partida, que el amarillo sería un bálsamo para mi vida que estrenaba tu muerte.

Mi abuela aún vive; seguro está arrepentida de todos los juicios que dejó en tu puerta y ahora le corresponde reclamarlos como no recibidos. Mi madre sabe que me amaste, que te amo, aunque sea terreno desconocido para ella. Mi padre me invitó a llorar; fue una especie de permiso, como el que le dan los padres a sus hijos varones para llorar poquito y quedo.

Cuando fingía mirar a los hombres, negaba y renegaba de amarte.

Fotografía por Edgar Rocha