Me aburre no estar haciendo nada, y aunque sé que debería estar haciendo otras cosas no las empiezo.
Termino siendo poseído por la pantalla y transportado a un mundo eterno donde las personas cambian y el tiempo pasa más lento. Cinco minutos se convierten en dos horas en el mundo real.
La recompensa de todo esto es una pequeña y satisfactoria dosis de dopamina instantánea que desaparece casi al mismo tiempo que el video en Instagram.
Fotografía por Mar Gil González // Rev/Scan en Miyagi Studio

