All My Best Friends Are Ghosts

Hay discos que no se escuchan: se atraviesan. All My Best Friends Are Ghosts, el debut largo de vôx, es uno de ellos. Un álbum que no busca respuesta sino resonancia. Un espejo roto donde cada fragmento refleja una etapa: la infancia incomunicada, la adultez temprana que busca sentido, y una voz que, por fin, se asume entera.

Este no es un proyecto musical, es una vida. Una que lidia con el dolor crónico, el autismo, el deseo de conexión y la necesidad de hablar desde donde casi nadie escucha. vôx escribe con los restos de sus diarios —literales—, y lo que queda es un testimonio íntimo: feroz y vulnerable, frágil y hermoso.

Las canciones suenan a lo que no encaja en ningún lugar, y por eso importan.
Producido junto a Alex Tanas y Anwar Sawyer, el disco recorre atmósferas que no se dejan nombrar fácilmente. Hay algo de gospel espectral, electrónica mínima, lamento pop. Pero más que géneros, hay gesto: el de compartir lo que duele y aun así quedarse en pie.

Musicalmente, vôx se mueve entre lo etéreo y lo carnal, recordando a figuras como FKA Twigs y Caroline Polachek. Su trabajo ha sido celebrado por BBC, KCRW, Vogue, NYLON, Stereogum, Consequence… y no solo en papel: la han escuchado en MUTEK Tokio, Sónar Barcelona y en cuatro noches seguidas abriendo para Kraftwerk frente a más de 12 mil personas en Berlín.

“No hay luz sin oscuridad”, dice vôx. Pero aquí la oscuridad no es derrota: es archivo. Territorio donde el trauma se vuelve textura, donde el cuerpo neurodivergente no se corrige: se afirma. All My Best Friends Are Ghosts es eso: el lugar donde lo que se quebró se vuelve lenguaje. Un debut que no busca explicarse, pero que deja claro: no estás solx, nunca lo estuviste.

Fotografía por Sophia Schrank