Casa Matilda

¿Cómo nació este local y qué lo hizo diferente desde el principio?
Casa Matilda no nació de un plan estructurado, sino de un impulso que siempre ha estado en mí. Al crecer en Los Mochis, mi búsqueda por espacios de creación siempre fue un ejercicio de resistencia: tocaba puertas para hacer música en entornos que no siempre se sentían propios o seguros.

Años después, tras vivir en Guadalajara, el destino me trajo de vuelta a una casa descuidada que me pedía ser habitada. Al ir arreglando sus grietas, la casa se fue abriendo sola al arte y a lo colectivo.

Lo que la hace distinta es que nació de esa vulnerabilidad. En un contexto como el de Sinaloa, Casa Matilda terminó convirtiéndose en un respiro necesario: un lugar donde las personas creativas no solo vienen a ver objetos, sino que finalmente encuentran un sitio donde simplemente existir.

¿Qué parte del día, del espacio o del proceso creativo disfrutan más quienes trabajan aquí?
Lo que más disfruto es ser testigo del momento en que el espacio deja de ser una estructura para convertirse en un puente.

Hay una satisfacción profunda cuando un artista se siente verdaderamente valorado o cuando alguien se inspira y decide formar parte de esto. En ese instante, Casa Matilda deja de ser solo un lugar físico y se transforma en algo compartido; es ahí donde todo lo que hacemos cobra su verdadero sentido.

Si alguien entra por primera vez, ¿qué es lo que no debería perderse?
Sin duda, el jardín. Es el corazón latente de la casa. Al cruzar el umbral, suele aparecer una sensación de asombro e inspiración inmediata; no es un jardín convencional, sino un refugio diseñado para recorrerse con calma, para sentarse y simplemente estar.

Tiene una energía muy particular que viene de su historia: fue cuidado durante décadas por el abuelo de mi esposo, quien plantó los almendros indios y le dio vida con el paso del tiempo. Gracias a ese legado de cuidado, hoy muchas personas y colectivos han encontrado aquí un lugar para germinar y crecer.

Para mí es vital que se valore y se respete ese rincón, porque en la sombra de esos árboles vive la esencia de lo que es Casa Matilda.

¿Cuál ha sido un desafío interesante que los haya hecho replantearse algo sobre el proyecto?
Uno de mis retos más grandes ha sido aprender a sostener el proyecto desde mi propia naturaleza. No soy de estructuras rígidas ni de seguir manuales; siempre me he movido por intuición y de forma muy espontánea, lo que me ha llevado a enfrentar situaciones complejas, especialmente en el tejido de las relaciones humanas. Al tratar con tanta gente, me di cuenta de que necesitaba encontrar un equilibrio.

Me tocó aprender a sostener el lugar de una forma más consciente, que permita que Casa Matilda pueda seguir existiendo y creciendo sin perder su esencia libre, pero con la solidez necesaria para perdurar.

¿Qué influencia, idea o referencia sigue guiando lo que hacen hoy?
Me guía la convicción de que el arte y la convivencia deben habitar lo cotidiano, no solo los espacios formales. Me mueve el contexto que me rodea, el cual me empuja constantemente a buscar formas alternativas de estar y de crear refugios donde los encuentros sean, ante todo, humanos.

Esta filosofía me ha permitido, con el tiempo, expandir nuestra visión y facilitar procesos artísticos en otros entornos y proyectos de mayor escala. Todo esto me reafirma que lo que sucede dentro de los muros de Casa Matilda es un valor que trasciende el espacio físico: es una forma de hacer comunidad que puede compartirse y germinar en cualquier lugar.

¿Qué lugar, proyecto o persona los ha inspirado últimamente y por qué?
Siento que soy un tejido de todo lo que he vivido. Pasé una etapa muy importante de mi vida en Guadalajara, y ver cómo allá el arte simplemente sucede en el día a día, como algo natural y cotidiano, fue una gran semilla para mí.

Hoy, al estar de vuelta en Los Mochis, ese contraste es precisamente lo que me mueve. Me inspira la idea de crear un espacio híbrido donde lo personal y lo colectivo se mezclan; un lugar donde no haya una línea divisoria entre lo que hacemos a diario y nuestra parte creativa. Al final, mi mayor inspiración es poder aportar esa libertad aquí, en mi propia casa.

Si su espacio pudiera invitar a alguien a colaborar por un día, ¿quién sería y qué harían juntos?
Más que un nombre específico, invitaría a alguien con esa sensibilidad artística y social que entienda lo que Casa Matilda intenta decir: que los espacios creativos son vitales para una comunidad y que tienen el potencial de generar algo positivo en lo colectivo.

Me gustaría que su energía nos ayude a que este sentido de comunidad se sienta más real, más sólido; que nos inspire a seguir tejiendo esta red creativa que tanto necesitamos aquí, que el ambiente artístico local se sienta impulsado y acompañado, como un refugio compartido donde todos tengamos permiso de crear y crecer juntos.

Lo que haríamos sería simplemente dejar que las cosas sucedan. Abriría las puertas para crear en el momento, convivir y ver qué surge sin presiones ni guiones. Al final, así es como ha crecido este lugar desde el primer día: desde la convivencia genuina y sin estructuras rígidas.

¿Hay algún objeto, rincón o detalle del lugar que tenga una historia que pocos conocen?
Más que un objeto físico, para mí el secreto mejor guardado es el proceso mismo de la casa. Cada rincón se ha ido levantando poco a poco, entre errores, intentos y muchos aprendizajes que no se ven a simple vista, pero que son los que sostienen lo que el espacio es hoy.

También hay algo invisible que pocos alcanzan a notar: lo que cuesta sostener un lugar así y el esfuerzo de querer aportar algo genuino a la sociedad. En una ciudad como Los Mochis, Casa Matilda sigue siendo un bicho raro, una apuesta poco común que, a pesar de los desafíos, sigue intentando dar lo mejor de sí a su entorno.

Si este proyecto fuera una ciudad, un libro o un disco, ¿cuál sería y por qué?
Si fuera una ciudad, sería como Los Mochis: un lugar joven, en pleno crecimiento, que sigue aprendiendo de sus propios tropiezos mientras encuentra su camino.

Me gusta pensar que se trata justamente de eso, de reivindicar el derecho a equivocarse y seguir aprendiendo, porque así es como se construyen las cosas que de verdad importan. Me identifico mucho con esa forma de avanzar: aprendiendo sobre la marcha, con la honestidad de quien sabe que el camino no es perfecto, pero es propio.

Respuestas por Dulce Nallely Flores Castro, Fundadora y Directora Creativa de Casa Matilda.