El hogar llevaba tu nombre

Aún no entiendo la manera en la que tu amor funciona, y es que seguramente no es del todo amor. 

No puedo evitar sentir un agujero en el alma y una pesadez tremenda cada vez que esto se habla o siquiera se menciona. No puedo evitar sentir que debo salir corriendo. 

Y ojalá no tuviera tan roto el corazón, y ojalá no hubieses sido tú, porque podríamos burlarnos de todos, podríamos huir de todo, podríamos correr sin mirar atrás. Porque al final nunca éramos nosotras dos; porque al final el hogar llevaba tu nombre; porque al final no hay nada como sentirse amado. 

Mi lugar seguro dejó de ser mío, nuestras vacaciones se volvieron horas de trabajo, y nuestro amor se volvió rencor. 

No me malinterpretes: yo todavía te amo, todavía te pienso, todavía te extraño y siempre te necesito. Pero con la vida adulta vinieron problemas, personas, dolores y ese extraño esperar que, si te amo tanto, me dieras lo mismo de vuelta. 

Al contrario, ese esperar por tu amor no me dio felicidad: me llevó a catastrofearme de una manera en la que no me reconocí. 

Porque yo jamás te dejaría de lado por ponerme detrás de quienes consideras tus enemigos. Porque yo jamás dejaría de amarte por darle la razón a quien —aunque la tenga— no eres tú. 

Pero, ¿sabes qué? Me atemoriza pensar en tu enojo, y en que quizás sí estoy secretamente apoyando las ideas de quien, se supone, debemos repudiar desde el fondo del corazón. 

Y no podría decirte si realmente fue tu amor lo que me salvó tantas veces, o si era yo imaginando que sin mí no tendrías un hombro en el que apoyarte. 

Pero es que, nena, realmente espero que valga la pena la espera de que los fuegos artificiales duren para siempre, porque cuando descubras que, como todo, ellos también se esfuman, ya será muy tarde.