Tárdate aquí. Concluye la distancia tibia que descansa entre los jemes de tus manos y mi cara. Dime, háblame, grítame de tú y arranca las luces afónicas con las que he estado alumbrando tu pasillo; acné de fulgor exhausto que te tizna en los tobillos de mis recuerdos. Acurrúcate, sacude los sarapes mudos, abre la ventana, múdate de una vez por todas y mírame fijo; cómete mi rostro a parpadeos lentos, como el oleaje de un golfo envejecido, sereno, acongojado. Aprehende mis gestos en lo que ciclostilo los tuyos: cejas, nariz y boca. Llévatelo todo y préndele fuego; arrástralo, deshójale los tiempos, revuelto en ayeres y despueses. Siéntate a un lado y mírame fijo, por vez primera, queriendo.
Escucha cómo truena la hojarasca y mis muecas, mis huesos, mi carne, mi vida. Yo correré en derredor del humo, de ti, aullando, huyendo, dándoles lengua a las heridas que me dejan exangüe, inerme. Baila conmigo dentro de la humareda rala, agita el viento con tus brazos aspas y provoca al clima; rétalo, arrebátale azules y grises. Hoy quiero ver llover, hoy quiero ver llover, hoy quiero ver llover; volverme la arena migrante que descansa en baches cratéricos, un polvorín en la orilla de un cerro en muletas y despeñarme. Lo que sobra que se caiga, que me caiga, que me caigo.
Sopla cuanto puedas, me estoy quemando, me estoy yendo, te estás quedando. Descansa estos sueños de ocote en el calor de tu ropa y ve cómo llueve. Lluéveme, protégeme de la interminable garúa, que un monumento de adobe en temporada de huracanes es el oxímoron definitivo; como decir tu nombre, como estar sentado, como no estar.
Fotografía por Edgar Rocha

Escritor y fotógrafo de la Ciudad de México y la Baja Norte. He montado un catafalco alrededor del estridentismo y el infrarrealismo olvidado.
