Ella lo acaricia y el deseo estalla con una violencia hasta ese momento desconocida para él. Puede sentir cómo la expansión de la explosión le llena de golpe los pulmones, impidiéndole momentáneamente respirar. Pero se siente tranquilo de estar con ella y pensar: “si el momento de morir llegase ahora, no tendría ya excusas para escapar de él”.

Entonces, hundido en el más sepulcral silencio, él permite que ella siga avanzando en su labor, acariciando su rostro y descendiendo lentamente hasta la piel chamuscada del cuello; bajando al pecho y tocando el límite de su carne, que yace entre el ombligo y la parte alta de su pelvis.

Todo lo demás se lo ha llevado la guerra. Quien era él ya no es más. Todavía es capaz de recordar el sufrimiento de esos instantes previos a que le tuvieran que amputar las extremidades; el pánico paralizante de aquel momento en que sacaban, uno a uno, los fragmentos de bala incrustados en su carne…

Pero ahora todo es calma y paz, y un sentimiento de placer extranjero hasta ese momento. Ahora quiere vivir, pero gracias a la guerra, aun si sobrevive, aquello será imposible.

Fotografía por Erick Flores Cuevas