¿Qué han lanzado o activado recientemente que la gente debería conocer?
Últimamente hemos estado afinando algo que para nosotros es clave: darle más voz al origen. En Ramiro trabajamos de cerca con productores mexicanos de distintas regiones y tratamos de que eso se sienta en la barra; no solo “un café rico”, sino el trabajo y la historia detrás de una taza de café.
Al final, Ramiro es eso: un lugar donde, sí, el café brilla por calidad, pero también por el respeto a las manos que lo trabajan. Somos el canal que conecta el trabajo de las fincas con la experiencia en la barra.

¿Con quién han conectado recientemente que esté influyendo o dialogando con lo que hacen?
Con dos fuerzas que se están encontrando en Ramiro. Por un lado, los caficultores con los que trabajamos: su manera de cuidar el café y su entorno nos sigue marcando el rumbo y nos recuerda por qué hacemos esto. Por el otro, la gente que viene diario. Hay quien llega con mil preguntas del origen, el tostado o el método… y hay quien solo quiere sentarse, bajar revoluciones y tomarse algo bien hecho. Ese cruce entre curiosidad y disfrute es lo que más nos está influenciando: cómo servimos, cómo explicamos y cómo hacemos que la experiencia se sienta cercana.

Compartan una anécdota de algo que haya ocurrido últimamente y que haya sido significativo para ustedes.
Hace poco, en barra, alguien pidió un matcha latte y me dijo: “Oye, este matcha sabe diferente… como más limpio”. Me dio risa porque justo eso estamos cuidando: aunque Ramiro está enfocado en café de especialidad, somos igual de estrictos con todo lo demás. Le conté que el matcha lo traemos de Japón, de Shizuoka, y que lo tratamos con el mismo estándar de preparación. Para mí fue significativo porque confirmó algo simple: cuando cuidas el origen y la ejecución, la gente lo nota. Incluso si venía “solo por un matcha”.

¿Qué están preparando o desarrollando para los próximos meses?
Estamos entrando a una siguiente etapa de Ramiro y lo estamos haciendo con orden en tres frentes.
Primero, nuevo local. Crecer a un segundo espacio sin perder lo esencial: calidad en taza, servicio cálido y atención al detalle… pero con procesos más sólidos para operar el mismo estándar todos los días.
Segundo, una relación más directa con caficultores mexicanos. Fortalecer vínculos de largo
plazo para seguir contando el café con nombre y trazabilidad, y que el trabajo en
origen sea el protagonista.
Tercero, menú con más consistencia. Nuevas bebidas de temporada y un sistema de preparación más afinado (café y matcha incluido), para que la experiencia se sienta impecable incluso en horas pico.

¿Qué proyecto, marca o espacio nos recomiendan conocer y por qué?
Café Avellaneda (CDMX), porque construye cultura desde la barra: origen claro, café mexicano, conversación si la buscas y una experiencia cuidada sin pretensión; y La Cabra, porque es una referencia internacional premium por ejecución: menú muy curado, diseño limpio y un estándar altísimo de consistencia, donde todo está al servicio de que el café brille. Los recomiendo porque, desde lugares distintos, prueban lo mismo: lo “premium” no es lujo, es criterio, consistencia y respeto por el café.
Si tuvieran que describir el momento actual del proyecto con una imagen, frase o una sensación, ¿cuál sería?
Enfoque y responsabilidad. Como cuando sabes que lo que viene es más grande, pero quieres hacerlo bien: honrando el origen, cuidando la taza y manteniendo la calidez de Ramiro.
Respuestas por Antonio Vaca Gaviña, fundador de Ramiro Café

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Bosque de Duraznos 72, Bosque de las Lomas
Miguel Hidalgo, CDMX
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