¿Cómo nació este local y qué lo hizo diferente desde el principio?
Corteza
nació de una necesidad muy simple: hacer y compartir lo que nos gusta.
Empezó casi como un gesto cotidiano —hornear pan, invitar a otros a probarlo— y poco a poco fue creciendo de manera orgánica, casi sin darnos cuenta. Desde el inicio tuvo algo muy familiar. No solo en el sentido literal, sino en la forma en que queríamos que se sintiera el lugar: cálido, cercano, con el ritmo de los oficios que se hacen con paciencia.

Lo que lo hizo distinto fue justamente eso. Nunca pensamos primero en abrir un negocio, sino en crear un espacio donde el pan, la conversación y el tiempo pudieran convivir de forma natural. Con el tiempo Corteza se volvió una especie de casa abierta alrededor del horno.

¿Qué parte del día, del espacio o del proceso creativo disfrutan más quienes trabajan aquí?
Las primeras horas del día. Cuando el horno empieza a calentarse y el espacio todavía está tranquilo. Es un momento muy íntimo del proceso: la masa que fermentó durante la noche está lista y cada pan empieza a tomar forma. Ahí se siente mucho el carácter artesanal del lugar.

Pero también disfrutamos cuando el espacio se llena de gente. Cuando alguien entra por primera vez, prueba el pan y se queda conversando un rato. Ese momento donde el pan deja de ser solo pan y se vuelve parte de una mesa.

Si alguien entra por primera vez, ¿qué es lo que no debería perderse?
Nuestras conchas, que con el tiempo se han convertido en la pieza de la casa.
Son un pan muy querido por quienes nos visitan: suaves, aromáticas y hechas con el mismo cuidado artesanal que define todo lo que sale de nuestro horno.

¿Cuál ha sido un desafío interesante que los haya hecho replantearse algo sobre el proyecto?
El crecimiento. Cuando algo empieza de forma tan natural, el reto es permitir que evolucione sin perder su esencia. Cada vez que el proyecto se expande o cambia nos preguntamos cómo mantener el cuidado por el proceso, el respeto por los tiempos del pan y la cercanía con la gente que nos visita todos los días. Al final entendimos que crecer también significa aprender a proteger lo esencial.

¿Qué influencia, idea o referencia sigue guiando lo que hacen hoy?
Nos inspiran mucho los oficios y los materiales honestos. La arquitectura mexicana, la tierra, la madera, la cerámica, la luz natural. También la cocina tradicional, donde el tiempo y la repetición construyen algo profundamente humano. En el fondo trabajamos con una idea muy simple: las cosas bien hechas no necesitan demasiadas explicaciones.

¿Qué lugar, proyecto o persona los ha inspirado últimamente y por qué?
Nos inspiran los proyectos que mantienen coherencia entre lo que hacen y cómo lo hacen. También nos inspira mucho la gente que trabaja con las manos: agricultores, tostadores de café, ceramistas, panaderos. Todos forman parte de la misma cadena. Cada pieza de pan es el resultado de muchas manos antes que las nuestras.

Si su espacio pudiera invitar a alguien a colaborar por un día, ¿quién sería y qué harían juntos?
Nos interesan mucho los encuentros entre disciplinas. Invitaríamos a alguien que trabaje con materia —un ceramista, un artista o un arquitecto— para construir una mesa efímera donde el pan dialogue con los objetos. Pan recién salido del horno, piezas de barro, café y una mesa compartida. Más que un evento, sería un momento para reunirse alrededor del pan.

¿Hay algún objeto, rincón o detalle del lugar que tenga una historia que pocos conocen?
Nuestra masa madre. Es un organismo vivo que nos acompaña desde el inicio del proyecto y que alimentamos todos los días. Con ella aprendimos a trabajar con paciencia y a aceptar que el pan tiene sus propios tiempos. De alguna manera, todo lo que sucede en Corteza empieza ahí. La masa madre siempre nos recuerda algo muy simple: fermentar también es una forma de paciencia.

Si este proyecto fuera una ciudad, un libro o un disco, ¿cuál sería y por qué?
Sería una ciudad donde las panaderías abren temprano y el día empieza con el olor del horno encendido. Una ciudad de calles tranquilas, donde la gente camina por pan en la mañana, donde las puertas están abiertas y siempre hay una mesa compartida. Un lugar donde los oficios todavía marcan el ritmo del día: manos que amasan, café recién hecho, conversaciones que se alargan. Una ciudad donde el pan sigue siendo un punto de encuentro.

Respuestas por Laura Caballero, directora creativa de Corteza Pan Artesanal