Te llaman muerta quienes no saben que vives
detrás de los párpados,
dentro de cajones demasiado tiempo cerrados,
en alguna postal perdida en el camino,
guardada en el bolsillo trasero de un cartero.
Una tarde, te encontré enredada entre pelusas,
una verdadera resurrección,
un solo hilo de cabello fino, bienvenida de vuelta
tras enfrentar las aguas de Jonás y el bautismo de la vida.
Te llaman muerta quienes no entienden,
quienes no pueden ver tu sangre y tus huesos caminando en mí,
afinados a cada uno de mis pasos.
Llevo tu piel, más joven, menos manchada por el sol, un tono demasiado pálido
como tus ojos,
asomándose a través de los míos,
pueden ver
y aún reconocer su historia,
la sensación de un bebé contra un pecho,
una mano dentro de una mano dentro de otra mano,
dedos pinchados, quemados, aplastados
entre puertas,
pasando páginas, desenredando nudos difíciles de soltar.
Soy esa niña que llora, sin saber que el dolor significaba amor,
frente al tocador de su madre.
Fotografía por José Alberto Díaz Ruiz // Rev/Scan en Páramo

Disfruta leer y escribir sobre comida, migración y las prácticas en torno a la muerte y el morir alrededor del mundo. Su trabajo ha aparecido previamente en Rethinking Refugees, Lazy Women y Everything is Political.
