Lo sabía, sabía que el último tren había dejado la estación desde hacía mucho, ese tren que podía llevarme a páramos maravillosos donde el amor y el calor me bañarían constantemente, donde la vida jamás volvería a perder sus colores, donde mi nombre estaría a salvo de todo mal en aquella dulce voz.

Ahora lo único que quedaba era irme a aquella otra ciudad: esa donde los que desertamos y los que huimos nos refugiamos en cantinas abandonadas, donde se bebe licor amargo, donde el perfume de las flores es sustituido por el humo del tabaco concentrado en el techo, donde cualquier nombre es ofensa y donde lo más cercano al “amor” se compra por mil quinientos y dura, casi siempre, poco menos de una hora.

Fotografía por Alejandro Muñoz Aguadero