Mi mundo, el mundo, inframundo

Mis manos aún burbujean. Mis pies, la coronilla, mi vientre.

Es agua que se evapora por las venas, que cruza las fronteras de los intestinos, que explota en la cordillera de mi espalda y viaja por el universo. Es luz que se estremece en la oscuridad. Es mi suspiro ahogado que rechina de placer.

Son las estrellas. Es ver las estrellas y tragarlas todas en un suspiro. Uno tras otro, como oleaje que viene a mí: soy la orilla del mar esperando ser penetrada por el agua. Es la espuma que se alza, hasta llegar a mi garganta. En mí fluyen todas las mareas del mundo; en mí tambalean todas las arenas del mundo. Soy todas las orillas del mundo que se vienen y se van, con el agua de mi vientre, que sube y baja sin parar. No tiene fin: el agua nunca ha abandonado a la tierra en su eterna marea.

De pronto aparezco flotando en el universo, en la oscuridad. Viene a mí el ritmo del tambor, los golpes en el corazón, las plantas de los pies que retumban, los ecos de gritos rotos de pasión y de poder. Me despliego como si nunca hubiera tenido barreras, como si todo hubiera sido un sueño y yo fuera la oscuridad, el universo, el latido del tambor, mi corazón en cada pliegue. La historia de la humanidad que se congela en un segundo de éxtasis.

Fundirse, mi coronilla y mi entrecejo. Sienten que explotan como ráfagas de viento, relámpagos, volcán. Mis ojos se van y mi vida parece insignificante, diminuta. Apenas un extracto del infinito, la letra de un libro. Apenas un suspiro de Odín. Apenas, apenas, apenas.

Quepo en todas partes. Mis piernas tiemblan, mis muslos tiemblan, mi vientre tiembla, mis intestinos tiemblan, mis brazos tiemblan. Todo es ritmo, es temblor, es oleaje que, de pronto, parece montaña: firme y en movimiento. Desenredo los nudos de mi pasado, de mi presente y hasta los de mi futuro.

Mi tierra está aquí. Aquí lejos. Aquí cerca. Aquí piernas. Aquí cabeza. Mi tierra está aquí, corazón.

El tambor, el tambor tiene la vida en sus entrañas, tiene la invocación del alma, de la antigüedad que reclama su presencia. La antigüedad milenaria que aún existe en la entrepierna. El tambor vibra sonoro y retiembla la tripa estancada de rabia. La que necesita moverse, necesita el tambor; para remover el alma, la tumba de sus muertas, el dolor.

El tambor, la danza, el orgasmo. La trenza que entrelaza mi mundo, el mundo, inframundo.

Dos pies en la tierra, la cabeza, la trenza perfecta. Triángulo, montaña. Eso soy cuando danzo: yo en movimiento, yo en tambor, yo en orgasmo.

Fotografía por Mariajosé Rito Michelena