
Hay una historia que aún no me atrevo a escribir. Es una época tan oscura que no recordaba la sensación de soledad constante en la carretera: cómo el frío se metía en mis huesos llegando hasta mi corazón, enfriando las ganas, la vida, los sueños.
Recuerdo que dormí tantas veces lejos de mi hogar, casi en cualquier lugar, rozando la piel con personas que seguramente me han olvidado, porque yo también los he olvidado ya. Recuerdo que esos días eran de noche, raramente veía la luz. Recuerdo comer en lugares diferentes y ni un solo día en el que yo me sintiera acompañado. La mayoría de las personas me evocaban a esas partes grises de las construcciones que no están terminadas; a los edificios inacabados; a los ríos secos contaminados de cosas que no sirven.
En aquellos días, recuerdo abandonarme a la idea de que lo que me haría regresar a mi hogar, cerca de mi familia, era la música; pero nunca me sentí escuchado. Al contrario, sentía que necesitaba ayudar a las personas que me rodeaban y, de alguna manera, sanar un poco de mí.
No sé qué me hacía falta. La vida se veía gris desde el reflejo nocturno de los carros pasando en cualquier parte del país. Fue la época de mi vida donde más viajé: más de diez estados en un año y, en cada uno, todo se sentía igual. Solo, frío, sin motivo, escuchando las mismas canciones, platicando de las mismas cosas con diferentes personas, extrañando los tiempos mejores en donde no había tanta carretera, donde solo existía un hogar y yo.
Cuando dormía acompañado, cuando creía que no me había equivocado del todo, cuando sentía que llegar a una casa era como ver el mar por primera vez, después de mucho tiempo. Navegaba en un mar repleto de monedas de plata y copas que yo no tomaba, pero invitaba. Dormía en diferentes colchones, con diferentes cobijas, usando diferentes baños, intentando imaginar la futura rutina en esos lugares. Jamás en ningún lado se quedó mi cepillo de dientes; las toallas eran prestadas y los cuerpos también.
Había personas que anhelaban que me quedara toda una vida. Hacían promesas soñando en la fantasía de que siempre iríamos viento en popa, que andaríamos de la mano por caminos iluminados. Yo me negaba a creer que eso era posible, no tenía la imaginación ni la fe para tomar por serias sus palabras. Así que al día siguiente me bañaba con agua fría, compraba un café caliente en la carretera, y me apartaba de todos esos anhelos, tan rápido como me era posible. Fumaba un cigarro para quitarme el sabor, el aliento de las personas, quitarme sus sueños, arrebatarles la posibilidad. Era un viajero en busca de una cálida morada para calentar mi corazón, para encender, por lo menos, esa noche mi alma.
¿Cuántas historias se quedaron en cuatro paredes? ¿Cuántas risas? ¿Cuántas canciones se habrán escuchado? ¿Cuántos orgasmos? ¿Cuántas palabras fingidas? ¿Cuánto vacío quedó en todos esos lugares? ¿Cuánta soledad nos costó?
Fotografía por Issac Moroni Cordero Escobedo

Psicólogo // Bohemio // Corazón de cristal // Retrato con el lente de mi corazoncito en llamas