
¿Cómo nació este local y qué lo hizo diferente desde el principio?
Desde el inicio quería abrir una tienda con inspiración japonesa. Siempre me han atraído esos espacios donde conviven lo estético y lo cotidiano con naturalidad. Cuando viajé a Japón, noté que muchas boutiques ofrecían té o café dentro del mismo espacio, y me pareció una forma muy íntima de recibir a las personas: no solo vender algo, sino invitar a quedarse.
La idea original era sencilla: ofrecer té, café o matcha mientras la gente compraba. Abrimos con esa intención tranquila, casi discreta. Pero algo inesperado ocurrió. De pronto empezaron a formarse filas; recibíamos mensajes en Instagram para reservar, y muchas personas llegaban preguntando directamente por “la cafetería”. Se nos fue un poco de las manos… y fue hermoso.
Lo que nació como un pequeño gesto se convirtió en un punto de encuentro. El equipo tuvo que crecer, reformulamos bebidas, organizamos procesos, pusimos mesitas y adaptamos el espacio a algo que estaba tomando vida propia. Creo que lo que lo hizo diferente desde el principio fue esa intención genuina de crear experiencia antes que volumen. Nunca pensamos en abrir una cafetería como tal; simplemente queríamos compartir algo que nos gustaba.

¿Qué parte del día, del espacio o del proceso creativo disfrutan más quienes trabajan aquí?
Cada momento tiene su encanto. Hay algo especial desde la calma antes de abrir, hasta el movimiento cuando el espacio se llena. Pero si tuviéramos que elegir, probablemente sería cuando experimentamos con nuevas recetas. Esos momentos en los que no hay clientes y podemos probar bebidas, ajustar sabores y jugar con ideas. El espacio se vuelve casi un laboratorio creativo: convivimos, platicamos, nos reímos mucho. Es un momento muy nuestro.
Y, por supuesto, también amamos cuando la “casa” está llena. Cuando las mesas se ocupan y el espacio se llena de conversaciones. Nuestra gente le da vida al lugar. Sin esa energía compartida, no sería lo mismo.

Si alguien entra por primera vez, ¿qué es lo que no debería perderse?
Es difícil elegir solo una cosa, porque el espacio está lleno de detalles pequeños que cuentan historias. Pero si tuviéramos que señalar algo, sería la barra de matcha. Está hecha 100% a mano por mis hermanas, que son ceramistas. Cada azulejo fue moldeado y pintado uno por uno, con ilustraciones de nuestro gatito Koko-kun. No es solo una barra funcional: es una pieza de arte que habita el espacio. Es familia, es tiempo invertido, es identidad hecha materia.
Por supuesto, no pueden irse sin probar el matcha latte. Es el corazón del lugar. El primer sorbo resume todo lo que somos: cuidado, intención y un pequeño ritual compartido.

¿Cuál ha sido un desafío interesante que los haya hecho replantearse algo sobre el proyecto?
Cuando el proyecto creció más rápido de lo que imaginábamos. Las filas nos emocionaban muchísimo, pero también nos generaban estrés. Hubo momentos en los que simplemente no nos dábamos abasto y el espacio comenzaba a sentirse pequeño.
Ese crecimiento inesperado nos obligó a replantear procesos, tiempos y dinámicas internas. Aprendimos que el entusiasmo del público es un regalo, pero sostenerlo requiere estructura y cuidado. Fue desafiante, pero también necesario para crecer sin perder la esencia.

¿Qué influencia, idea o referencia sigue guiando lo que hacen hoy?
Encuentro inspiración en cada viaje. Cada país que visito me deja algo: una textura, una idea, una forma distinta de habitar los espacios. Siempre regreso con nuevas referencias y ganas de reinterpretarlas desde nuestra propia identidad.
Pero, sin duda, Japón sigue siendo la inspiración principal. No solo por su estética, sino por su manera de entender los detalles, el respeto por el proceso y la belleza en lo cotidiano. Esa sensibilidad sigue guiando nuestras decisiones, desde el diseño del espacio hasta la forma en que preparamos cada bebida.

¿Qué lugar, proyecto o persona los ha inspirado últimamente y por qué?
Curiosamente, lo que más me ha inspirado últimamente es el propio proyecto. Ver cómo ha dado sus primeros pasos y cómo sigue evolucionando se ha convertido en una fuente constante de motivación.
Hay algo muy especial en acompañar un proceso que todavía está en construcción. Me emociona observar en qué se va a convertir, cómo cambia y cómo encuentra su propia voz. A veces la mayor inspiración no viene de afuera, sino de lo que está creciendo frente a ti.

Si su espacio pudiera invitar a alguien a colaborar por un día, ¿quién sería y qué harían juntos?
A lo largo del camino hemos tenido la fortuna de invitar a muchos amigos y colegas a colaborar, y siempre termina siendo una experiencia enriquecedora. Mis hermanas han sido parte fundamental, pero también hemos trabajado con diseñadores, incluso desde Japón, y cada colaboración ha aportado algo distinto.
Más que pensar en una sola persona, me emociona la idea de seguir abriendo la puerta. Este lugarcito me ha permitido conocer a un sinfín de personas creativas y sensibles. Me encanta que el proyecto sea un punto de encuentro donde las ideas se mezclan y toman forma juntos.

¿Hay algún objeto, rincón o detalle del lugar que tenga una historia que pocos conocen?
Cada figura, cada revista y cada objeto tiene una historia. El espacio funciona casi como un collage viviente de todo lo que me habita y me inspira. Pero hay un detalle que pocos notan. Cuando colocaron la barra de cerámica hecha completamente a mano, cuidamos cada azulejo con muchísima atención. Sin embargo, durante la instalación, uno se rompió. No era algo fácil de sustituir; cada pieza era única. Decidimos repararlo y dejarlo así. Tiene una pequeña “lesión” visible.
Para nosotros se volvió un símbolo silencioso: en los procesos siempre ocurren imprevistos, a veces hay fracturas, pero también hay reparación. Y seguir adelante también forma parte de la belleza.

Si este proyecto fuera una ciudad, un libro o un disco, ¿cuál sería y por qué?
Si fuera una ciudad, sería Shimokitazawa en Tokio. Es un barrio creativo, íntimo, lleno de pequeños espacios con identidad propia. Fue una de mis grandes inspiraciones y tiene esa mezcla de nostalgia, independencia y sensibilidad estética que siento muy cercana al espíritu del proyecto.
Si fuera un disco, sería Visions de Grimes. Tiene algo experimental, femenino y libre, pero al mismo tiempo muy construido y detallado. Esa combinación entre sensibilidad y estructura se parece mucho a lo que intentamos hacer aquí.
Y si fuera un libro, sería un manga de Ai Yazawa. Sus historias mezclan moda, emociones y personajes complejos; hay estilo, pero también profundidad. Esa dualidad entre estética y mundo interior es algo que siempre me ha interesado y que también vive en este espacio.
Respuestas por Lucinda Herrera, fundadora y directora creativa de Koneko

Secret Matcha bar, Tea & Coffee
Río Orinoco 175, Del Valle
San Pedro Garza García, Nuevo León
México