¿En qué piezas o proyectos has estado trabajando últimamente?
Hace unos años terminé Dos Veces Tú, una película que me acompañó durante mucho más tiempo del que imaginaba. En su momento fue descrita como “una exploración visualmente impactante y emocionalmente brutal que no se parece a nada más en el cine de 2019” (Glenn Kenny, The New York Times), y con el paso de los años entendí que esa búsqueda por romper estructuras también fue un espejo de mi propia vida.

Lo que no sabía ese crítico es que el proceso de hacer la película fue, efectivamente, emocionalmente brutal para mí. Hubo más de veinte cortes de edición, muchos cambios y dudas a lo largo del camino. Y quizá no se parece a nada más porque, al final, fue un reflejo directo de mi propia esencia.

¿Qué aprendiste (o desaprendiste) mientras trabajabas en ello?
Aprendí que la narrativa no lineal no es un capricho estético, sino una forma de traducir el caos emocional. En su momento, Dos Veces Tú tenía “una visión singular, un rompecabezas donde el espectador debe armar el relato por sí mismo” (Film Threat), y eso me marcó.

Desaprendí la necesidad de controlar todo. La película me enseñó que el azar y la intuición pueden ser más poderosos que la precisión. Que un accidente —en la historia o en la vida— puede revelar una verdad que no sabías que estabas buscando.

¿Qué palabras, ideas o emociones te rondaban la cabeza?
Dualidad. Espejo. Culpa. Renacimiento. Me obsesionaba la idea de cómo una sola decisión puede fracturar la realidad. La película “explora la intimidad femenina desde la herida y el deseo” (Girls at Films), y creo que eso resume bien lo que me movía: mirar lo que se rompe, pero también lo que se transforma.

Emocionalmente, vivía en un territorio de confusión y vértigo. Acababa de tener a mi primera hija, había cambiado de entorno laboral, venía de separarme de mis socios de toda la vida y empezaba una nueva etapa. Incursionaba en el mundo del café; casi fue simultáneo que abrimos el primer Quentin en Álvaro Obregón y que arriba, en las oficinas de Fosforescente, se producía Dos Veces Tú.

Me arriesgaba, apostaba todo por hacer mi película a toda costa. Después de varias decepciones con Eficine y con distintos productores, por fin las cosas empezaban a moverse. Lo que no sabía era que el verdadero viaje apenas estaba comenzando. Era como si la historia me estuviera escribiendo a mí. Por eso la película no termina de cerrar — porque el duelo, el amor y la identidad tampoco lo hacen. 

¿Hubo alguna conversación, película, música o libro que se haya colado en ese trabajo?
Sí, muchas. Es difícil volver casi diez años atrás para recordar qué películas me influyeron, pero sin duda Tarantino, Woody Allen, David Lynch y Richard Linklater fueron influyentes: desde chico quería copiar algo de su estilo.

Uno de los mejores frutos que recogí con Dos Veces Tú llegó el día que leí esta reseña: “Imagina poner Pulp FictionMementoSliding DoorsAbre los ojosMulholland Drive y Y tu mamá también en una licuadora… y aun así no se acerca, porque Dos Veces Tú tiene un estilo tan único que es una visión singular.” (Film Threat) Me sorprendió porque mencionaban exactamente mis influencias sin saberlo. Nunca las nombré en entrevistas; el crítico, Andy Howell, no me conocía más allá de que platicamos un rato en la fiesta del Santa Barbara Film Festival, donde la película tuvo su premier estadounidense, aunque él no la vio ahí, sino que alguien que salió del screening se la recomendó y después le mandé un link.

Recuerdo que después de leer ese review le mandé un mail a Andy en mayúsculas: I LOVE YOU, MAN. Por fin alguien me entendía; alguien —un crítico reconocido— vio mi película y escribió esa belleza. Me pareció casi poético que lo detectara de manera instintiva. Creo que eso confirma que las influencias más verdaderas son las que se quedan en el cuerpo, no las que uno cita.

¿Qué fue lo más difícil que has enfrentado últimamente en tu proceso creativo?
He aprendido a vivir sin hacer cine. Desde la pandemia me mudé a Cuernavaca, y aquí no hay industria cinematográfica. Lo intenté: apliqué a Eficine al menos diez veces seguidas, con distintos proyectos —tanto guiones míos como de otros autores—, pero cuando la vida me dejó claro que no era el momento de filmar, decidí escucharla.

Entonces toda mi energía creativa se canalizó hacia Gramo, la marca de café que hoy se ha convertido en mi nuevo territorio artístico. Pero la gente me pregunta muy seguido si voy a volver a hacer cine, y siempre respondo que estoy semi retirado, que ya dirigí tres películas y que me siento satisfecho. Aunque, inevitablemente, se me escapa una sonrisa y digo que sí: me encantaría hacer otra película.

¿Cuál es tu restaurante favorito y qué nos recomiendas pedir?
Difícil pregunta. Llevo cinco años fuera de la escena gastronómica de la CDMX, así que mis recomendaciones probablemente ya estén dated, pero un lugar que siempre me ha encantado es Tachinomi Desu, un pequeño standing bar japonés en la Juárez. Tiene algo muy honesto: sin pretensión, sin mesas, solo buena comida, sake y conversación.

Si este mes tu vida fuera una película, ¿qué título tendría y quién haría el soundtrack?
El soundtrack lo haría Nation of Language, una banda que descubrí apenas gracias a Live on KEXP. Los escucho casi diario y tienen ese sonido synth melancólico pero cool, como de esperanza contenida. El título sería La redención de la aburrición

Recomiéndanos uno o más artistas que sigas, que te inspiren, y dinos qué es lo que más te gusta de su trabajo o de su forma de trabajar.
Me voy a salir un poco del cuadrado aquí, pero creo que todos son artistas. Stephen Curry, por ejemplo, es un artista del básquetbol. Hoy que estoy escribiendo esto justo empieza la temporada de la NBA, y le deben quedar pocas, así que hay que aprovechar y verlo jugar. 

También Leonard Cohen. Hace poco conocí a unos fans suyos que me ayudaron a descubrir capas de su obra que no conocía. Vale la pena revisitar toda su discografía, igual que la de R.E.M. Y acabo de toparme con el Live Vol. 1 de Parcels, uno de los mejores conciertos que he visto en YouTube.

En cuanto a libros, The Untethered Soul de Michael A. Singer me cambió la manera de entender la conciencia, y The Sabbath de Abraham Joshua Heschel me recordó la importancia de detenerse, de habitar el tiempo con sentido.