Mil formas de decirlo

¿En que piezas o proyectos trabajas últimamente?
Actualmente, más que concentrarme en una pieza específica, me encuentro replanteando ciertas líneas de investigación que deseo profundizar desde mi práctica. De manera más puntual, estoy desarrollando una serie de obras —aún en definición entre pintura, dibujo u objeto— que buscan explorar y evidenciar las múltiples relaciones del ser humano con el paisaje, así como los objetos que emergen de ese vínculo.

Me interesa, además, desarrollar una línea de investigación en torno al objeto como transmisor de información: su valor simbólico y su papel en la relación entre cuerpo, memoria y entorno. En este proceso de búsqueda —tanto conceptual como plástica— el dibujo se ha convertido en una herramienta fundamental para materializar y dar forma a las ideas.

¿Qué aprendiste o desaprendiste mientras trabajabas en ello?
Algo que estoy aprendiendo de manera muy evidente es a nutrir con mayor información mi proceso de conceptualización y planteamiento de ideas, para después someterlas a un ejercicio de depuración, eliminando aquello que resulta incoherente o innecesario. Confío en que este método me permitirá afinar el lenguaje de mi trabajo y, quizá, transformarlo de manera radical.

      También considero importante señalar lo desaprendido: he comprendido que no debo dar las cosas por sentadas. La repetición dentro de la práctica es valiosa para perfeccionar técnicas y exploraciones, pero también puede volverse contraproducente si encierra el trabajo en estéticas fijas que, con el tiempo, dejan de comunicar.

      ¿Qué ideas, palabras o emociones te rondaban la cabeza?
      Tengo el recuerdo —no sé si de haberlo leído o escuchado en algún lugar— de una reflexión sobre “el dudar”. Lo que quedó grabado en mí fue la palabra misma, y en un intento por darle sentido, me gusta entenderla no como algo negativo ni como un signo de incredulidad, sino como una actitud que, en el arte, se vincula con la curiosidad y la apertura a nuevas posibilidades.

      Cuando uno se adentra en un tema y comienza la búsqueda de un conocimiento desconocido, se abre con entusiasmo a aprender todo lo que pueda, consciente de lo mucho que ignora. Con el paso del tiempo, esa primera etapa se transforma: ya se han adquirido ciertos saberes, pero llega también el momento de toparse con límites, con la sensación de no saber hacia dónde seguir buscando. Y es justamente ahí donde regresa la duda, no como obstáculo, sino como un motor esencial para volver a explorar.

      En ese sentido, someter mi trabajo a la duda se vuelve una herramienta en ocasiones necesaria dentro de mi práctica. Intentar no verlo como un signo de inseguridad, sino como un mecanismo que me permite revisar, cuestionar y ajustar el rumbo del trabajo. Así los procesos se vuelvan menos rígidos y permite mantener abierta la posibilidad de que el lenguaje de mi obra siga transformándose.

      ¿Hubo alguna conversación, película, música o libro que se haya colado en ese trabajo?
      Me gusta pensar que esas cosas siempre terminan por colarse en los procesos creativos y terminan apareciendo muchas veces de manera inesperada. Intento compartir mis ideas con personas cercanas y queridas, no solo para dialogar, sino también para verbalizar y, en ese ejercicio, ordenar mejor las intenciones detrás de una obra. Ahora, por ejemplo, recuerdo un libro que recién terminé: más que inspirarme directamente hacia la producción de nuevas ideas, se convirtió en un gran acompañante durante un momento de duda y confusión respecto a mi quehacer artístico. El libro se llama Caminar de Henry David Thoreau.

      ¿Qué fue lo más difícil que has enfrentado últimamente en tu proceso creativo?
      Creo que uno de los principales retos en mi proceso creativo ha sido establecer una rutina. Recientemente me mudé a un nuevo estudio en el centro de la ciudad, algo que agradezco profundamente porque me ofrece una gran cantidad de estímulos y la cercanía con otras prácticas creativas interesantes y relevantes. Sin embargo, este cambio abrupto me ocupó física y mentalmente en la tarea de adecuar el nuevo espacio de trabajo. Al pensarlo, descubro que este proceso de reorganización también me ha permitido comprender mejor mi práctica y las necesidades que surgen dentro de ella.

      ¿Si pudieras cenar en cualquier restaurante de la ciudad esta noche, ¿dónde sería y que pedirías?
      Uno de mis lugares favoritos en Guadalajara es Soul Fried Chicken. Pediría el sando tradicional con papas trufadas y una cerveza Super Lupe de la cervecería Hércules. Además de la comida, me gusta mucho la música que ponen y guardo el recuerdo de varias conversaciones muy especiales que he tenido ahí.

      Si este mes de tu vida fuera una película, ¿Qué título tendría y quien haría el soundtrack?
      El nombre de la película sería Mil formas de decirlo, y la música la haría Diles que no me maten y Mabe Fratti.

      Recomiéndanos algún artista que sigas, que te inspire, y dinos qué es lo que te gusta de su trabajo o de su forma de trabajar.
      Creo que no podría mencionar únicamente una práctica artística como referente, pero si intento acotar, diría que el trabajo de Tezontle (Carlos Matos y Lucas Cantú) ha sido especialmente importante en mi búsqueda. Admiro profundamente la técnica que imprimen en las piezas que producen, así como la forma en que articulan materiales y símbolos. Además, sus trayectorias individuales también me han interesado, sobre todo en aspectos relacionados con lo técnico, la escala y la carga simbólica. En particular, me resulta muy significativa la pieza El juego de infusión de Lucas.