Soñé, un día sin fecha, con aquel cuadro del castillo que está sobre el acantilado, la montaña, el riachuelo.
Acaso el riachuelo sueña que sale de su curso para encontrarse lejos del castillo en el acantilado, más cercano a la montaña que al campo.
La montaña sabrá que las casitas a sus pies le temen por derrumbes y que preferirían estar arriba en el castillo del acantilado, más cercanas al cielo, lejos del pasto.
En el castillo en el acantilado, en alguna fecha, hay un joven que sueña y se pregunta por qué nadie vino a verlo, cuando el abismo allá abajo, entre él y los demás, es inmenso.
Y la inmensidad de la brecha se profundiza cada vez más logrando que el castillo y los riachuelos nunca se vean.
No hay fecha para verse o encontrar sus pupilas, piedritas de mármol, cabellos claros y de cromo. No hay fecha para acercarse las manos y el pulso, solo a acantilados, ríos sinuosos y castillos cerrados.
Soñar que las desigualdades sociales se desvanecen un día para que todos entremos en el mismo castillo, en el acantilado, la montañas, el riachuelo.

Las palabras me visitan a todas horas del día y yo las invito a pasar.
