Hay veces en que despierto con síntomas de nostalgia. Tras levantarme y estirarme como gatito, en vez de tomar café normal, empiezo el día con un affogato y se siente como un abrazo tuyo, aunque han pasado años desde la última vez que nos vimos.

Crecimos y cambiamos y el destino nos ha llevado por caminos lejanos, pero en mi mente aquí seguimos riendo a carcajadas como en otros tiempos, y no puedo dudar que a veces te acuerdas de mí del mismo modo. 

Recuerdo tanto tu sonrisa, qué maravilloso debe ser para quienes habitan en tu mundo y ven tus dientes de conejito y tus ojos de sol todos los días.

Nunca sentí que nos alejamos, simplemente partimos por diferentes rumbos a echar raíces y construir otras vidas, y aunque nunca coincidimos yo te siento muy cerca. 

Pienso en un día que sí coincidimos, después de tanto tiempo, se alinearon los planetas y llegamos a mi cafecito predilecto para tomar affogato a solas y pensar cosas, lugar que resultó también ser tu favorito para ejercer el mismo ritual secreto. Éramos tan similares que moríamos por hacernos parte de aquella práctica personal, por compartir ese momento tan especial, sólo para descubrir que llevábamos años viviendo la misma experiencia tan específica sin saberlo.

Me da mucha ternura pesar en aquellos tiempos, cuando la ciudad nos quedaba grande y era tan emocionante narrar las aventuras de nuestras nuevas vidas. No perdíamos el brillo de los ojos al contar las tragedias y no podíamos ni imaginar lo que después se vendría.

La vida entera nos quedaba grande y había tanto por delante. Se sentía un poco como jugar a disfrazarnos, jugando a convencer al resto del mundo que ya éramos parte de los adultos. 

Entonces ahí sentadas, tomando espresso con helado, aún si el resto de la gente nos viera desde afuera y se la creyera, tú y yo podíamos compartir miradas y saber en secreto que no era cierto. 

Creo que pocas veces he vuelto a experimentar esa complicidad tan especial de saber que tras el disfraz podíamos realmente vernos.

Después pasó mucho el tiempo, seguí mi camino y seguiste el tuyo, en muchas ocasiones le he contado a otra gente sobre ti y lo increíble que eres, te encuentro en pedacitos de mi vida cotidiana y a veces me doy cuenta al hacer algo que lo aprendí de ti.

Crecimos y cambiamos. Pero años después cuando nos volvimos a ver para tomar un café e intercambiar las desventuras y destellos más recientes de nuestras vidas, seguíamos hallando tantos paralelismos, y mientras nos reíamos de ser unas señoras recién divorciadas, veía en tu sonrisa la misma chispa de cuando éramos adolescentes, la misma confirmación de que a pesar de todo, te veo y me ves. Y que por más que cambiemos seguimos siendo tú y yo. 

Fotografía por Abel Ibáñez G.