Pour toi le visage, pour moi je ne sais pas

Día perfecto para volver sobre uno mismo: las frías claridades que el sol proyecta, como un juicio sin comprensión, sobre las criaturas, entran en mí por los ojos; me ilumina por dentro una luz empobrecedora. Me bastarían 15 minutos, estoy segura, para llegar al máximo aburrimiento de mí misma. Muchas gracias, no hay interés. Me quedo sentada con los brazos colgando, o bien trazo algunas palabras, sin ánimo; bostezo, espero que llegue la noche. Cuando esté oscuro, los objetos y yo saldremos del contorno.

Todo me harta. Me levanto. Me muevo en esta luz pálida; la veo cambiar sobre mis manos y sobre las mangas de mi suéter; no puedo decir hasta que punto me disgusta. Bostezo. Prendo la lámpara que está sobre la mesa, quizá su claridad puede combatir la del día. Pero no: la lámpara forma alrededor de su base un charco lamentable. Apago; me levanto. En la pared hay un agujero blanco, el espejo. Es una trampa. Sé que me voy a dejar atrapar. Vale madre, ya está. Aparezco en el espejo. Me acerco y lo veo, ya no puedo irme.

Es el reflejo de mi rostro. Muy seguido en estos días perdidos, me quedo contemplándolo. No comprendo nada en este rostro. Los de los otros tienen un sentido. El mío, no. Ni si quiera puedo decidir si es bonito o feo. Pienso que es bonito, porque me lo han dicho. Pero no me sorprende. En el fondo, a mí misma me caga que puedan atribuirle cualidades de este tipo, como si llamaran lindo o feo a un montón de tierra o a un pedazo de piedra.

Mi mirada desciende lenta, fastidiada, por la frente, por las mejillas; no encuentra nada firme, se hunde. Evidentemente hay una nariz, ojos, boca, pero todo eso no tiene sentido, ni siquiera expresión humana. Sin embargo los demás opinaban que tenía una expresión alegre; es posible que esté demasiado acostumbrada a mi cara. Cuando era una niña una tía me decía que si veías en el espejo por un largo rato, verías un muñequito. Debí de verme más todavía: lo que veo está muy por debajo del pinche muñequito. Vive, no digo que no, pero no es la vida en la que pensaban los demás; veo ligeras vibraciones, veo una carne vacía que se expande y palpita con abandono. Sobre todo los ojos, de tan cerca, son horribles. Algo vidriosos, ciegos, miopes, medios rojos aunque yo digo que es por la marihuana, pero no sé, no estoy segura.

Me apoyo con todo mi peso en el borde de la pared, acerco mi cara al espejo hasta tocarlo. Los ojos, la nariz y la boca desaparecen, ya no queda nada humano.

Y a pesar de todo, este mundo lunar me resulta familiar. No puede decir que reconozco sus detalles. Pero el conjunto me da una impresión de algo ya visto: me deslizo dulcemente hacia el sueño.

Quisiera recobrarme: una sensación viva y decidida me libraría. Pongo mi mano derecha contra la mejilla, jalo la piel; me hago una mueca. Toda la mitad del rostro cede, la mitad izquierda de la boca se tuerce y se hincha descubriendo un diente, la órbita se abre sobre un globo blanco, sobre una carne rosada y sanguínea. No es lo que yo buscaba; nada fuerte, nada nuevo ¡es algo suave, desvanecido, ya visto! Me duermo con los ojos abiertos, el rostro crece, crece en el espejo, es un inmenso anillo pálido que se desliza en la luz…

Lo que me despierta bruscamente es que pierdo el equilibrio. Me siento sobre el sillón, aturdida todavía. ¿A los demás les cuesta tanto trabajo juzgar sus rostros? Me parece que veo el mío como siento mi cuerpo, mediante una sensación sorda y orgánica. Pero ¿y los demás?

Tal vez sea imposible comprender el rostro propio. ¿O acaso es porque soy una persona un tanto solitaria? Los que viven en sociedad han aprendido a verse en los espejos tal como los ven sus amigos. Yo no tengo amigos, ¿por eso es mi carne tan desnuda? Es como la naturaleza sin los hombres. Pero en fin, que más da. Ya no tengo ganas de nada, lo único que me queda es esperar la noche.

Fotografía: JUSTIN vogel

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