Ojalá pase algo

“Es curioso, pero siempre estamos esperando que la vida empiece.” Lionel Shriver lo escribió en El mundo después del cumpleaños, y suena a algo que pensamos todos los días.

Estamos constantemente a la espera de que llegue un punto de inflexión, que aparezca de pronto ese momento en que todo haga sentido. ¿Qué momento estamos esperando? ¿Terminar la universidad, conseguir un nuevo trabajo, empezar una nueva relación, que llegue el fin de semana, que comiencen esas tan ansiadas vacaciones?

El problema de todos estos cuestionamientos es que, mientras tanto, mientras estamos esperando a que algo suceda, la vida se nos va en borrador.

Vivimos como si hubiera un simulacro previo a nuestra vida de verdad; esperando constantemente a cuando tengamos más tiempo, cuando cumplamos años, cuando encontremos pareja, cuando todo se acomode. Pero nada nunca se acomoda.

Hoy todo empieza el lunes, suplicando que esta semana sea mejor que la anterior, orando para sentirnos plenos más tarde; tal vez cuando despertemos mañana todo será diferente. Tal vez cuando me case, cuando tenga hijos, cuando sea millonario, cuando… Cada año parece un ensayo para el próximo, el de verdad.

No conozco un término exacto para este síntoma; sin embargo, a ese malestar del aplazamiento podemos llamarle postergación existencial, caracterizada por vivir diferidos, prorrogando la experiencia del ahora a cambio de una promesa de plenitud que llegará tan pronto pase algo.

No pienso, de ninguna forma, en atribuirme la construcción de este concepto, pues ya han sido cientos quienes lo han transmitido. Ya ha sido Shriver, en la citada novela, Cortázar, Silvio Rodríguez y varios filósofos existencialistas, quienes se han encontrado con este sentimiento.

Cortázar afirmaba que andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos, proponiendo que anhelamos que un momento casi esotérico suceda. Los personajes de Cortázar, como nosotros, caminan por la ciudad buscando una entrada secreta al instante verdadero. Pero el instante, en la realidad, se escapa entre esperas largas, angustias y el cansancio; la vida empieza y termina sin que la veamos.

Y entonces suena Silvio Rodríguez: Ojalá pase algo que te borre de pronto. No es sólo una súplica amorosa; es también el deseo de que algo nos saque del letargo, de que ocurra por fin eso que active la vida. Pero nada llega a borrarnos del todo, ni a empezarnos de nuevo. Esperamos el acontecimiento que nos redima del presente, mientras el presente pasa sin redención. Tal vez la vida no necesita que algo suceda, y el gesto más radical sea dejar de esperar el milagro para aprender, simplemente, a habitarla.

En la Ciudad de México, esta espera tiene su propio paisaje: el tráfico que nunca para, los proyectos que auguran nuestro éxito académico y profesional, las rentas que son más caras un día que otro, los sueños que se empolvan esperando a que alguien los restaure.

Uno va en la calle, platica con colegas, amigos y ve caras con ese mismo gesto: el de quien todavía no empieza a vivir, pero ya está agotado, suplicando que algo empiece o, de perdida, que algo se acabe. Conductores que se pasan los altos, peatones que se empujan entre sí, todos acechados por tensiones físicas y emocionales, persiguiendo objetivos ilusorios.

Ya lo decía Saint-Exupéry en El principito:

—Tienen mucha prisa —dijo el principito—. ¿Qué buscan?
—Ni siquiera el conductor de la locomotora lo sabe —dijo el guardavía.

Y así vivimos, como si todos estuviéramos en la antesala del mundo, calentando la locomotora para empezar.

A la patología que acabamos de nombrar, le propondremos un remedio inmediato, una salida honesta: asumir que esto, con su ruido, su prisa, su desorden, ya es la vida. Que no hay una segunda oportunidad de estar. Que la vida no empieza después del trabajo, ni después del éxito, ni después de las vacaciones, que está ocurriendo mientras aguardamos a que empiece.

El error es asumir que la vida tiene un punto de inicio. Así que quizá lo más sensato sea dejar de esperar a que empiece y, con lo que haya, vivirla. Con la prisa, con las deudas, con el ruido del microbús, divorciados, sin hijos, sin cigarros y con la taza de café tibia.

La vida no está en pausa, ni está por comenzar.

Fotografía por Diego Sebastián.