Fuimos varias veces a ese café vintage, el que está justo frente a una librería y a un lado de esa pozoleria cubierta de talavera, al estar dentro del lugar teníamos la manía de escoger la mesa más desequilibrada y poco común que existía en la planta alta, fue por error o por casualidad, pero la situación de la mesa hoy me dice mucho.
Aquel viernes, nos sentábamos y acomodábamos la mesa estratégicamente para que nuestras rodillas terminaran rosándose y al pasar de las horas el abrazarnos fuese más fácil. Tú siempre pedías cerveza artesanal y yo té de canela con manzana, me ayudaba a combatir mis nauseas; aunque el origen de ellas aun es confuso, tengo dos teorías, una de ellas es que las provocaban el tumulto de sentimientos y emociones que se acumulaban en mi estómago, o que las porciones exageradas de alcohol que tomaba una noche anterior a tu visita hacían ese efecto en mí.
Siempre me he inclinado por la primera, aun así buscaba siempre impresionarte, agradarte, y verme como una chica intelectual, según yo nunca lo lograba, pero algo pasaba que tú estabas ahí, sin quererte ir, atento a la sarta de bobadas que salían de mi boca.
Aquella tarde, me regalaste un libro, y junto con él, una declaración de amor arcaica, los pies me volvieron a la tierra, preste mucha atención y comencé a conocerte, sin que te diera una respuesta, sacaste de tu bolsillo una jaula y quisiste encerrarme. Me fui, esperando que mientras ibas tras de mí, la rompieras.
No volviste, no volví, no volvimos, nunca fuimos.
Fotografía por Denis Ryabov
Michel Cuevas, 24 años, hidalguense, comunicóloga, emprendedora @tepachemx