Nuevas Ansiedades III

Mirarlo ejercitarse, cepillar al perro, preparar la cena, hacerme las uñas o sexo oral, han sido las más finas estampas que no creo olvidar jamás.
Segunda semana.
Quizá la mayoría de las personas vean engorroso mantenerse encerrados en casa por tantos días.
Y más si te aíslas del mundo por completo.
Sin comunicación, no noticias, no internet, no mensajes y no llamadas.
A decir verdad me ha resultado apasionante.
Lo pienso y cada vez más lo confirmo: somos afortunados por tenernos, muy.
Por haber coincidido.
Haber tomado una serie de decisiones que me han traído hasta este punto, en este momento y con estas circunstancias inciertas.
Pero finalmente, juntos.
Unidos.
Fuertes.
Pletóricos.

Por supuesto que no solo era miel sobre hojuelas. Sobre todo cuando era la hora de dormir, era todo un tema. Y es que no había hora oficial de la siesta. Ese era precisamente el problema. Nuestros ciclos del sueño eran tan dispares que bien podían coincidir en algún momento, o no. Era una casualidad eso de dormir juntos. Por lo regular, yo me acostaba a descansar 11:30 , amanecía y él continuaba despierto, como si no hubiera dormido; no me percataba que mientras yacía adormilada, él dormitaba solo un par de horas y luego de un rato, volvía a lo que estaba. En ocasiones, llegaba a la cama como a las tres de la mañana, y en otras, a esas horas era cuando se levantaba. No entendía cómo podía sobrellevar una vida así, descansar de esa forma y ser productivo a la vez, hacerlo cada que él lo quería, dormir a cualquier hora y a veces en cualquier lugar, de las seis de la tarde hasta que oscurecer, reanudar el sueño a las cuatro, cinco, seis de la mañana, despertar antes del mediodía y seguirse de nuevo hasta las tres, las cuatro, despertar de buenas a la hora que cantan las aves, y seguir. En fin…, yo quería tenerlo, verlo ahí, junto a mí recostado en la mañana, despertar y abrazarlo, hablarle, acariciarle los cabellos, chupársela y decirle buenos días. Pero no. El señor, si no estaba escuchando música y pintando, estaba leyendo, lavando ropa, arreglando una jodida silla, haciendo ejercicio, o de plano meditando. Todo menos durmiendo conmigo. Tampoco hubo una, que yo recuerde, donde haya podido dormir por más de 8 o 9 horas continuas. Por mucho dormía seis o siete, y eso, con fomentos. Siempre tuve la impronta de que no le gustaba dormir, o como dicen las gentes, estaba peleado con la cama. Desde que lo conocí me di cuenta. En cambio yo, amo dormir; podía dormir desde las siete de la tarde hasta las 11 del siguiente día sin problemas, o dormirme al mediodía, despertar al atardecer para tomar té y escribir un poco, y volverme a dormir en la noche como si nada. Si no dormía mis 10 horas, despertaba con jaqueca al otro día. ¿Y él? Ya no estaba. Nunca estaba cuando yo despertaba. Ese era mi conflicto, nuestro conflicto. Sentirlo, tan solo quería eso, sentirlo mientras dormía, anclarme a su pierna y cucharear a la mitad de la noche, saber que ahí estaba. Sentirme acompañada ahí sobre la cama. Así comenzaba nuestro drama. Cuando despertaba. Nunca terminé de ver su nictofilia. Sino era porque se levanta al sanitario (que sucedía casi todas las noches, sino es que todas) y me movía o hacía ruido, era cuando tenía esas pesadillas horribles (que también era seguido) y yo lo buscaba, hasta que terminaba todo y despertaba aterrada. Aterrada y sola.

Fotografía por Camerafilmlens

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