Mi cabeza es una niña de ocho años y se fue de vacaciones

Me pica el ojo izquierdo.
Mis cachetes sonríen, 
se vuelven dos pedazos de bombón, y una mueca atraviesa mi rostro.
Indica a mis dedos seguir su ritmo.
Cabeza que usualmente va a muchos (varios) kilómetros por hora, ahora sigilosa desciende.
Tomando la decisión de sentarse en mi regazo,
y contemplar sin entrometerse.
(O por lo menos eso me hace pensar).
Como una niña con coletas altas, recargada en su antebrazo, acostada pies arriba dibujando círculos en el aire.
Me observa, y se limita a incomprenderme. 
A verme existir sin sentido.
A darse el lujo de no cuestionarme.
Silencio en mis oídos, quizás también en los suyos.
Ojitos pispiretos, brillan con rayo de luna.
Corazón palpita, pulgar tintinea.
La niña me observa, me dibuja, saborea.
Se permite conocerme más allá de lo que le han contado,
narrativa incompleta.
Se olvida de las perspectivas y da marometas,
comiendo un insípido rábano.
Me ve a los ojos, me sonríe.
Me recuerda que su retiro es finito.
Pensamientos de lino, más tarde de lana.
Pesados, presentes, que sofocan el pecho.
Pero por lo pronto disfruto,
sentada, embobada.
Viendo las letras respirar, relajarse.
Olvidando por completo el hecho,
de que me pica el ojo izquierdo.

Fotografía por Carolina Escalante Ruz.