Quizá lo importante eran los álamos agitados por el viento. O era yo, caminando a pasos enormes sin importar el sol, la humedad. Nos quitábamos la sudadera y ya.

La prepa era eso. Lo de caminar y hablar. Pasar horas platicando sobre lo que entonces juzgábamos de concreto, de importante, y que hoy, a la luz de este cansancio posterior al trabajo, ahora teniendo treinta, me parecen las cosas más variables y menos características de mi persona.

Los recuerdo a todos: a Germán, a Marquitos, a Miguel, a Teresa, a Job. Apenas entendíamos lo que pasaba. Entre risas escondíamos un grado de desconocimiento que quizá nos tocó pagar muy caro, o quizá no.

No quiero decir que todo era mejor entonces.

Pero recordar aquel azul en el cielo. O la avenida solitaria. Llegar al boulevard Insurgentes acalorados. Unos seguían caminando, otros se quedaban a platicar. La noción de que sólo alguna rúbrica matemática nos agobiaba. O la obligación de cortarse el pelo y decidir hacia dónde llevar una vida. La tranquilidad de pasar en Ordinario, de subir calificación. Todo eso me hace pensar en los álamos. En que a veces, creo ver sus ramas suspendidas. Sé que la pausa es imaginaria, que el detenimiento es imposible. 

Cuando el aire agita las ramas comprendo que nada se detuvo, que la vida siguió su curso. Fue sólo que hasta ahora lo entendí.

Fotografía por Abel Ibáñez G.