Las mujeres del agua

Soy el río. Era el río. Soy el río. Mis aguas corren. Bajan de las montañas. Del alto Popocatépetl, de la mujer blanca, de la mujer dormida, de la mujer que media. Llegan las aguas por Tlaxcala, cerca del Zahuapan, y bajan, y bajan, y me recorren todita. Me acompaña la tierra volcánica y me lleno de minerales. Y entonces los peces y las algas se llenan y nadan.

Nadaban en otros tiempos y me recorrían todita. Los peces llegaban y me acariciaban de noche y de día.

Soy el río. Era el río. Soy el río. Mis aguas sucias y malolientes ya no corren, se estancan. Tlaxcala y Puebla, Tlahuapan y Huejotzingo me llenan de cosas, me arrojan líquidos repugnantes. Y me inundo, crezco, crezco, crezco para derrumbar. Y los señores con sus máquinas y sus decretos me intentan callar. Sus grandes máquinas vierten en mí sus escombros, todo lo que ya no quieren ver, y quieren que yo me lo trague y desaparezca.

Cuando mi amor llueve, me llena y me refresca y corro un poco. Me da energía y arrimo el escombro. Lo dejo debajo. Se queda en mis pies, donde ya nada crece. Donde los peces ya no habitan ni las algas ni las plantas, donde solo quedan las piedras.

Remedios insistía a sus padres en llevar la basura a otro sitio que no fuera el río. —El plástico no se deshace nunca —les dijo—, seguirá ahí miles y miles de años. Les explicó que las partículas no se degradan y que se quedan en la tierra y en los cuerpos de los peces y las aves. Su abuela también les decía que cuidaran el río, la madre de su madre, a quien le hicieron un gran altar en noviembre con las cosas que más le gustaban: pan, chocolatito y Coca Cola, flores olorosas, galletas Gamesa, tamales de mole y su copal, con el que, le susurró a escondidas de su padre, iba a limpiar otras casas.

En realidad, no entendía muy bien ni qué son las partículas ni por qué se quedan en los cuerpos de los animales, pero repitió lo que la nueva maestra, la señora Lucía, les explicó en la semana del medioambiente. Con esta información quizás sus padres por fin la comprenderían. Frente al pizarrón de gis, la maestra agitaba las manos describiendo el gran problema en el que vivían: islas de basura en el océano, las tortugas y los delfines atrapados en redes de pesca industrial, los ríos entubados que terminan explotando en Azcapotzalco en la temporada de lluvia. Y entonces hicieron manualidades en el salón de clases: una máscara reutilizando las bolsas y envoltorios que juntaron de los botes del patio; rehidrataron el papel desechado de las tareas para hacer una pulpa y volver a hacer papel; sembraron en pequeñas macetitas semillas traídas por compañeras y compañeros de la escuela: girasol, tomillo y calabaza. Otros días pasaron rato viendo los grandes libros de fotografías que trajo la maestra, en los que aparecen cascadas y lagos cristalinos. “¡Así era antes!”, dijo. “Ahora vean qué cochino está todo.” Y señaló allá afuera del salón de clases.

Remedios llevaba meses que les pedía a sus padres que no arrojaran la basura en el montículo cerca del río. No lo decía solo porque su abuela también les había insistido hasta que murió, sino porque ella sabía que había sido eso lo que la mató. Al final de sus días, a su abuela le dolía todo el cuerpo, quizá por esas partículas tóxicas de las que hablaba la maestra, que se quedan en el cerebro y corren en la sangre, o porque esa agua ya no es bebible para nadie, ni humanos ni plantas, ni árboles.

Somos el río. La madre de todas. Las que no dormimos. Recorremos todas las bocas y los cuerpos. Desde adentro hacemos vivir la tierra. La hacemos verde, abundante, la hacemos crecer. A la tierra y al cuerpo. Al corazón y los hígados.

Su abuela, con sus manos suaves y mojadas, la metía a dormir y cobijaba a su nieta mientras le susurraba en los oídos historias: —Somos el río, Remedios, decía. Desde que la voz de su abuela ya no estaba, el susurro del río que le hablaba.

—Pero ¿qué hacemos entonces con la basura? —le preguntó su padre cuando a la niña se le salieron lágrimas. —Se nos junta aquí, dijo, señalando el bote a reventar de basura. El señor veía la angustia de la niña y quería que no llorara. —¿Ya vas a seguir con lo que decía tu abuela? —le dijo. —Tu abuela creía en cosas raras. ¡Quién sabe qué tanto te metió en la cabeza! —Añadió el padre ya molesto y volteando a ver a su esposa para reclamar con la mirada que la niña había salido como las de su familia.

Remedios había pasado mucho tiempo al cuidado de su abuela mientras sus padres trabajaban en la textilera, su padre de guardia y su madre en la cocina comunal. Era su abuela quien la recibía al llegar de la escuela y le daba de comer, y la ayudaba con sus tareas. Muchas tardes, cuando en el trabajo pedían horas extras, también la bañaba y metía a la cama. Y era en esas noches en las que la abuela le enseñaba a su nieta a trenzarse el cabello, masticar menta y limpiar sus zapatos. La dormía cantándole al oído: déjate llover, mujer, como el arroyo se deja llenar con los caminos del cerro.

Tras meses sin la abuela, la niña había buscado complicidad en la nueva maestra de la escuela. Algo de ella le hacía pensar en su abuela, quizá su apariencia impecable, siempre limpia y fresca, como si también ella se bañara en el temazcal con hierbas. Vio tantas veces a su abuela meterse al monte a buscar leña y encenderla dentro del iglú de barro, para luego meterse por horas a “dejarse llover y purificar”. “A que la mujer del agua se coma lo repugnante”. La señora Lucía llegaba oliendo a aceites de lavanda y siempre su ropa planchada. Nada de repugnancia tenía.

En la semana del medioambiente, la nueva maestra hacía una serie de actividades con sus estudiantes para hacer cosas por el planeta; cada día parecía más preocupada por la situación: utilicen menos el coche, disminuyan el tiempo en la regadera y no tiren basura en los ríos y bosques. En el pueblo solo doña Ofelia tenía auto y eso porque su hijo se la mandó a comprar el año pasado con dinero del otro lado para que pudiera moverse más fácilmente entre la ciudad y acá. La troka estaba casi siempre estacionada, excepto cuando doña Ofelia la usaba nada más para pasearla por las calles dejando detrás de ella nubes de polvo para los vecinos.

Eso de tener las llaves abiertas con agua corriendo era algo de la ciudad. Acá el agua no corría así. Remedios se bañaba a jicarazos de agua hervida cada dos o tres días, y algunos otros en el baño de vapor que su madre ahora preparaba. Cuando vivía su abuela, tomaba los baños más deliciosos con las hierbas que ella crecía detrás de la casa. Antes de meter a la niña, decía varias veces mujer de agua. Adentro olía a raíces y hierbas, a flores. Remedios se refrescaba en el olor fresco e intenso que inhalaba profundo y cuando sentía que el calor la sofocaba escuchaba a su abuela cantar despacito: llueve río, llueve. Esos baños eran menos frecuentes desde que su abuela ya no estaba y era como si, al no llover, se llenara como un estanque.

Salió de su casa sin haber convencido a su padre y arrastró el bote, que es del mismo tamaño que su cuerpo, una vez más. Mientras caminaba, la tierra volvió a empolvar sus zapatos negros de la escuela, que había desempolvado al llegar a casa, en un hábito que le enseñó su abuela, obsesionada con la limpieza y quien decía que la tierra se debía quedar afuera de la casa, que había que barrer todo adentro, purificar.

En el trayecto se encontró a Gus (así lo bautizó ella), el perro que vivía cerca de la miscelánea de Clementina, y al verla la siguió. —Gus —le dijo—acompáñame. Vamos al río.

El perro, que dormía en las calles del pueblo, había estado rascándose con las garras, dejándose el pelo aún más enredado, y sin embargo estaba, como siempre, de buen humor y la siguió contento. Quizá la niña le daría algo de comer en el camino. Y eso lo animó. Iban juntos, la niña al frente arrastrando el bote, paso a paso, y el perro venía detrás, tomando oportunidad cada vez que podía para olfatear las aceras.

La niña conversaba en voz alta con el perro y le contaba, como de costumbre, de su abuelita, quien la cuidó mucho, pero también había sido dura. Nunca se atrevió a preguntarle nada y contradecirla mucho menos. Esas manos suaves y húmedas también las había visto dar manazos.

Le contaba al perro las historias que a ella le contó su abuela desde que tiene memoria, sobre las brujas que llegan una vez al año a asustar, el tlacuache que trae maíz y las sirenas de los ríos. Así entretenía al perro, para que no se aburriera, y porque él debía también cuidarse de esas mujeres que llegan a espantar. —En esos días no salgas, Gus, porque te pueden llevar y no te regresan —le dijo. El perro se mantuvo cerca de la niña, la escuchaba hablar y movía su cola mientras se acercaban cada vez más al río.

—Aquí vivía una sirena. Decía mi abuela que por acá pasaba un riachuelo donde ella nadaba. Aquí vivía una sirena cuando corría agua desde arriba las montañas. —Le contó al perro y se tomó un momento para recordar las historias. Su abuela, quien, decían, bajó de las montañas para casarse con su abuelo, o más bien el abuelo que subió a raptarla una noche allá arriba, hablaba mientras preparaba el café y la masa para las tortillas con sus manos gruesas y doradas, y volteaban la masa de maíz con sus dedos tatemados que ya no sentían el ardor del comal.

—Ahora hay casas y lugares para trabajar, bodegas textiles grandísimas, cementeras y ladrilleras. Ya casi no queda tierra para el trabajo, no queda tierra para el chile, el maíz, la calabaza y el frijol. Todo eso ya no existe. Decía mi abuela que cuando ella tenía mi edad acompañaba a sus padres al campo allá arriba a sembrar, a dejar caer el agua, se hacía lluvia, decía, y trabajaba todo el día, desde la primera luz del sol hasta el atardecer. Dejaba caer todo su cuerpo hasta el río. Todos se ponían negros del sol, pero ella mantenía su color dorado, porque había llovido, decía. Y sus manos no se secaban.

Las sirenas vienen de las montañas. Aquí hubo tres o cuatro, pero llegaron los de la ciudad y se las llevaron utilizando una red de pesca porque allá en la ciudad se acabó el agua. Esas mujeres que eran mitad pez, mitad humanas, brillaban mucho, como el sol, tenían sus manos húmedas. Eran muy bellas, por eso se las robaron también.

El río los vio llegar y aceleró su paso con dificultad. Ya no queda mucho de ella, del agua del río. Con más fuerza arrastró los miles de kilos de basura que ya tenía. Por más que se esforzaba en llevar la carga pesada que le caía encima, no paraba de aumentar ese peso. Hace décadas comenzaron a echarle cosas y recuerda que en esos días sentía curiosidad y emoción cuando caían cosas interesantes, como esos viejos televisores con antenas gigantes y sillones de colores sorprendentes. Luego llegaron los líquidos tóxicos de las fábricas de telas, los fertilizantes que entraron por la tierra de los sembradíos, las bolsas que ruedan incesantemente del vertedero municipal. Hasta que la basura empezó a ser de volúmenes grandes y materiales que dejaron lastimadas sus aguas, baterías de mercurio y litio, y mataron a los pocos peces que vivían en sus cuerpos; las botellas de plástico que flotan y por más que las revuelve y vuelve a revolcar siguen intactas en la superficie; los desechos líquidos que la pintan de tonos electrificantes.

—A veces escucho los cantos —le dijo la niña al perro que ya estaba explorando los montes de basura a lo lejos—. Me dicen cosas. Pero no entiendo todo, porque hablan en otra lengua, la lengua de mi abuela.

Del otro lado del río, uno de los últimos camiones llegó de la ciudad para descargar la basura. Abrió sus compuertas traseras y dejó caer hacia el vertedero lo que reunió en su trayecto del día: rodaron bolsas blancas, verdes y negras que giraron y giraron hasta caer al río.

El río casi ya no se veía. Era una serpiente de múltiples colores. Pero rugía, movía a la criatura que tenía encima con una fuerza que viene del centro de la tierra.

Le sigue contando al perro: Los ríos todos salían de un lugar allá arriba en las montañas, porque las montañas por dentro están llenas de agua. Hay veces que se llenan tanto como si estuvieran con cría y un día dejan brotar su agua como una cascada que cae desde muy alto.

Llenaré las ciudades con mis aguas, destruiré todo a mi paso. Lloraré y lloraré hasta inundarlo todo. Subirá el agua tanto que hablarán de mí. Se asustarán de mis remolinos, mis tormentas, mis vientos de agua. Enfermaré a todos con mi repugnancia y quedaremos solo nosotras, las mujeres del agua.

Escuchó las voces susurrantes, como un viento que comienza a ser un canto. Un llamado cada vez que llegaba al sitio y pronto su cuerpo quería hacerse líquido. Ahí en el borde del río le entraban unas ganas tremendas de hacerse pipí; le corrían las lágrimas de los ojos y la saliva de los labios; los dedos y las axilas le sudaban. Intentó no asustarse, como cada vez, pero le caían ya chorros de las piernas, los ojos y la nariz. ¡Cómo ignorarlo! Le diría a la maestra Lucía la próxima vez, quien le había dicho unos días antes: “Remedios, son puras supersticiones. El río no tiene voz ni criaturas viven en él. Tu abuela era ignorante porque no fue a la escuela, pero tú sí y debes estar agradecida por esa oportunidad que te dan tus padres.”

—Vámonos, Gus, ¡no te quedes ahí! —le gritó espantada al perro, que se había ido a inspeccionar las bolsas, interesado por los olores a tortilla y pollo, a arroz y huevo. Alcanzó a abrir una con sus colmillos y de ella saltó un pedazo de pañal abierto. Enterró el hocico de una vez por todas antes de salir corriendo de regreso con la niña que caminaba ya a paso más rápido con el bote vacío y dejando detrás de ella sus huellas mojadas en la tierra.

¿Soy el río? Eres el río. Somos nosotras el río.

Fotografía por Josué Mondragón.