La Ortiz era todo un batallón

Trabajó desde chica.

Le gustaba estudiar.

Su letra era hermosa, digna de ser una tipografía.

¿Bailar? No se lo decían dos veces.

Durmió en el suelo. La pobreza la hizo alcanzar el éxito.

La limpieza era primordial para ella.

Le gustaba viajar.

Siempre apoyo a su familia y amigos.

Era excelente en taquigrafía y mecanografía.

De joven le gustaba caminar por el campo en calzón.

Aveces cuando fumaba se parecía a Maria Félix.

Sabía como diez palabras en inglés.

No aceptaba un «no» como respuesta.

Le gustaban las fiestas de «cierra la calle, saca el sonido, ponte a llenar esos vasos por que ya chingamos».

Sin saberlo era buena fotógrafa.

Era fan de licores fuertes como metal hirviendo.

Le gustaba guardar todos los recuerdos de todas las fiestas.

La Salsa y la cumbia eran sus preferidas.

Le fascinaban las plantas.

Alimentaba muy bien al Dinky. Le compraba pollos rostizados para el solito.

Se enojaba cuando la acusaba con mi papá, por que no dejaba de tomar y escondía su alcohol por toda la casa.

Su risa era chistosa.

Le gustaba hablar, hablar y hablar.

Se compró su propia casa.

Cuándo iba al mercado siempre quería que le rebajaran todo.

Se llegó a robar paquetes enteros de queso doble crema.

Cedió parte de su jardín para nuestra casita de madera.

Le molestaba demasiado que la comida estuviera fría.

Cuando ibas caminando con ella, saludaba a cinco o diez personas y con todos quería quedarse a platicar.

Perteneció al grupo de la «UVA» (Unión de Viejas Arguenderas).

Sus amigas eran las señoras que desayunaban en el «MG» y todas hablaban con groserías, fumaban, les gustaba bailar, reían como locas y ponían nerviosos a los meseros.

Para ella era «las cocas siempre tienen que estar frías».

Una vez me golpeó muy fuerte. Me empujó contra la pared, me dio cachetadas, me pellizco, me jalo el cabello, no paraba de decirme groserías, me pegaba en los brazos y en el pecho; todo por algo tan estúpido. Y al siguiente día lo negó todo, por su alcoholismo.

Gran cocinera; ese suadero, ese spaguetti, ese caldo tlalpeño, esa ensalada de manzana y ese ponche.

No hablaba, ella gritaba.

Tenía un carácter fuerte.

No le gustaban los hospitales, se dió a la fuga dos veces cuando le dijeron que la tenían que internar.

Se lastimo el brazo y lloro cuando iba a entrar al elevador para ir a su operación.

Le encantaban las películas en blanco y negro que pasaban por el canal 4 en las tardes.

Tomamos juntas varias veces.

Le gustaba abrazarme y hacerme reír, me dijo una vez: «¿a quién mataste y embarraste en tu pared?». Cuando pinte de rojo una pared de mi cuarto.

Amó y le dió todo a su única nieta.

Se enojó demasiado y no me hablo durante días cuando mi papá prefirió pagar dos boletos para él y para mí hasta adelante para el concierto de los Rolling Stones y no pagar la colegiatura, cuando yo iba en la preparatoria.

Su pan de naranja con mermelada de fresa era delicioso.

Me regaló mis primeros Vans, unos Dustin Dollin grises polka dots, en mi cumpleaños.

Me acompañó a comprar Buba cómic volúmen uno, en Plaza Coacalco.

Cuando vimos juntas la película «Alguien tiene que ceder» ella no paraba de reír.

Me insultaba cada vez que ella quería. No necesitaba estar molesta para hacerlo.

Me dejó intervenir mi puerta con pensamientos, colores y fotos aludiendo a mi adolescencia, lo cual ella lo llamaba «tener tiempo libre de más».

Alteró su acta de nacimiento y nadie se dio cuenta, ni siquiera el banco.

Leí sus diarios a corta edad y a escondidas, cuando se dió cuenta se enojó mucho.

Me daba dinero para comprar discos originales.

Cuando salió de Emergencias, lo primero que hizo fué mentirme: «hija, ahora sí voy a dejar de tomar, te lo prometo».

Le daba bien al arte : vitrales, cuadros de papel en 3D y arbolitos dorados o plateados con alambre, hilo, hojitas de plástico, plastilina y brillantina.

Me dejó graffitear mi cuarto.

Enamoró a Chiapas con su humildad y actitud fiestera.

Se llegó a pelear en el metro y yo trate de defenderla.

Nunca me ha gustado enchilarme, ella siempre quiso que comiera picante, por que según esa era la manera correcta de comer; a mi sándwich le ponía chile, lo escondía entre el jamón y el jitomate. Hasta que hice una huelga de hambre dejó mi comida en paz pero siempre me molestaba por no comer picante.

La última vez que la vi fue en su cama del hospital, envuelta en una sábana como una momia.

Fue Josefina, Marina, «La Ortiz», fué lo que ella quiso ser.

 

Dedicado a mi madre. 

Fotografía por Denis Ryabov

Xochimilco en llamas

Quiero tomarme una taza de café con todo el mundo y tener una buena plática mientras pongo música en mi celular.