La fortuna de sentir y callar

La mayor parte del tiempo trato de no mirar directamente a nadie, ni siquiera a quienes reconozco. Trato de mantenerme al margen todo el tiempo porque no sé de que clase de personas se tratará, hablo cuando debo y callo todo el tiempo. Detesto a las personas que hablan de más como si su vida privada fuera un chiste y algo que le interesa saber a todo el mundo.

No es que crea que a alguien le interesa mi vida y no es por eso por lo que escribo. Desde que tengo memoria, he querido escribir e inspirar a personas como yo, personas que no pueden o no quieren encajar con las demás, pero, no por ellas: sino por mí. Lamento mucho ser quien soy a veces, unas veces inferior, otras superior, unas veces mucho y otras poco, unos días lluvia y otros nube. Qué mierda.

Les mentiría si les digo que no estoy frustrada o que soy muy feliz. Claro que no lo soy.

Cuando tenía 13 años solía pensar que mis escritos revolucionarían el mundo y que serían una referencia a la generación en la que vivo, porque yo sentía que nadie más podía sentir las cosas como yo las sentía. Me sentía especial, pero, conforme escribía me daba cuenta de que no había nada especial en mí. Todas esas historias e ideas que fluyen constantemente en mi mente no son nada a comparación de las historias genéricas que se generan todos los días por los pseudo creadores de contenido que hoy día viven en la era digital.

Las personas prefieren lo efímero, lo divertido y lo distractor. Lo basura y lo que pueden conseguir como las cajetillas de cigarros. Estoy harta de eso. Estoy escribiendo esto porque quiero que las personas noten la cantidad de repulsión que le causan a las personas como yo. Personas que no tenían nada que perder y que se arriesgaron a ser diferentes, no porque les guste el rock o algo por el estilo porque sé que todas las personas tienden a juzgar esa clase de estupideces por los gustos y estereotipos de cada uno, sino por el hecho de que no se atreven a sentir. Es como si vivieran en una burbuja inmersa en los medios masivos de comunicación y no quisieran salir de ella. Viven, piensan y sienten como las películas de hollywood lo dictan, como los best sellers nos acostumbran y como los demás describen el mundo. Qué farsa y que repulsión.

Hoy quiero demostrar que hay otra cara de la moneda y de esta furiosa manera, comenzaré.

Tuve la fortuna de crecer con un padre maravilloso, amable, letrado y sobre todo: sensible. Crecí arrogante, llena de sabiduría transmitida por él y por las maravillosas historias que me hacía leer pero sobre todo: sentir. No todos tienen esa fortuna y eso lo comprendo ahora. Por ello, hay personas que se conforman con menos, por eso hay personas que eligen a personas que las hacen sentir como mierda y creo que es por que de verdad no saben estar en la mierda o no lo han sentido lo suficiente como para irse. El ejemplo más grande de este sadomasoquismo y síndrome de Estocolmo es cuando las mujeres siguen con un hombre que las golpea y las trata como mierda. Hasta que no están al borde de la muerte, no logran sentir lo que verdaderamente es estar tan jodida(o).

Podría seguir diciendo un millón de ejemplos pero no quiero hablar de eso solamente. Durante mi crecimiento tuve una depresión que se arraigo en cada pequeña célula de mi cuerpo, estaba consumiéndome totalmente, tanto que dejé de sentir. No me permitía sentir absolutamente nada y no sentía que hubiera algo de malo con ello porque a mi parecer eso me daba “personalidad”, una puta personalidad psicópata y llena de traumas que no era correcta hasta que comenzaron los insomnios, la ansiedad y la falta de hambre. A eso le llamo: la fortuna de sentir y callar. Estaba tan acostumbrada a permitirme todo el dolor y daño posibles que me terminé rompiendo y no solo eso, me lo terminé guardando.

Durante los años siguientes, no tenía ganas de nada, la máquina de sentimientos que era se había apagado y no era una opción permitirme ser así de nuevo porque no quería ser débil. Quería dominar porque para eso me habían criado, para demostrar que se puede ser mejor. Fallé.

Dejé de interesarme en muchas cosas, dejé de leer, de ver películas y de escuchar música. Caí en un bucle profundo en donde mi vida consistía en estudiar de mala gana y complacer a los demás sin complacerme a mí misma. Error tras error. Al decir verdad, no recuerdo muy bien esa etapa de mi vida pero simplemente porque no quiero. Qué falta de carácter y de fuerza de voluntad hasta para describirlo.

Hace aproximadamente 4 años conocí a una persona que cambió todo eso, si bien yo no demostraba estar tan mal, esta persona tampoco estaba tan mal. Surgió de algo sencillo y único, de algo tan único como permitirnos conocernos y tener la prudencia y paciencia para comprender y querer que éramos como éramos y nunca seríamos de nuevo lo que fuimos. Estoy segura de que ella también lo siente así porque nunca me ha gustado juzgar a las personas, creo que todos somos quienes somos porque tenemos muchas cosas detrás y muchas cargas. Ella me dio ilusión y esperanza, algo tan pequeño como una canción me ayudó a recuperarme. Sentí de nuevo y sentí demasiado y esta vez les aseguro que ya no tenía miedo.

Poco a poco las cosas fueron sucediendo, pero, de alguna manera ella se alejó sin decir más. No comprendía el porqué ni el como, pero, más tarde que temprano entendí que no estaba lista. No estaba lista para alguien como yo y para algo como lo nuestro. Si alguna vez han leído a Holden Centeno, sabrán a lo que me refiero cuando digo que ella era mi chica de los planetas. Siempre había algo y ahí estaba pero ella no se atrevía. Algo la detenía. ¿Acaso yo era demasiado? No. Ella es demasiado. Y tenía que llenar todo lo que ella merecía. Y así, fue como ella se alejó y yo caí en una tristeza inmensa que no hizo más que inspirarme y de nuevo volví a sentir. Y ahí me di cuenta de que valía toda la tristeza del mundo esperarla. Ojalá hubieran más personas como ella y ojalá hubiera más parejas como nosotras. Más reales, más fieles y más dispuestas a enfrentarse a todo. Amo nuestro amor valiente y sincero, amo que solamente nos tengamos a nosotras. Ella me dio la vida que yo necesitaba para entregarle todo de mí y estoy eternamente agradecida. Ahora tengo la fortaleza para enfrentar todo en mi vida y luchar por ello.

A lo que quiero llegar es que ahora he experimentado el dolor más inmenso que voy a experimentar en mi vida y fue perder a la persona que me hizo quien soy ahora. Y me permití sumergirme en mi dolor, me permití pensar y me permití estar bien porque todo sana. El tiempo es una medicina también y eso nadie me lo dijo, pero, hoy te lo digo yo a ti. No como una maldita broma de mal gusto de un libro de autoayuda sino como una persona que se ha permitido ser feliz de pedazo en pedazo.

Ojalá que no seas igual que los demás, ojalá que si te permitas tener algo como lo mío y ojalá que tengas la fuerza para ir contra corriente. Ser igual que todos no solo es aburrido: es absurdo y habla mucho acerca de quien eres. Nunca te lo permitas.

Fotografía por Rahadyan Sastrowardoyo

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